Sant Jordi en arresto domiciliario

Crónicas mínimas

 

Dice Miyuki que en Tokio está el sakura en todo su esplendor.

Recuerdo el año pasado cuando, bajo los cerezos y almendros en flor, compartí momentos felices con mis amigos japoneses. Evoco en mi memoria el hanami —mirar la flor durante el día—, algo tan asequible entonces como utópico ahora. O disfrutar del yozakur —la fiesta al llegar la noche—, bajo los árboles, compartiendo sake y amistad. Lo sencillo, lo cotidiano, lo humilde, la inocencia… Tal vez está ahí la felicidad, la belleza suprema, que no hemos sabido apreciar.

Quizás deberíamos haber construido un puente que nos llevara a comprender por qué estamos aquí. Cruzar el Himalaya, el Amazonas, el Pacífico o la isla de Yakushima, por ejemplo. Y, al llegar a las ciudades y abrir las puertas, comprobar que somos nosotros mismos los que estamos dentro de las casas.

Hay demasiado silencio en la calle y apenas escucho las noticias para no colmarme de comunicados, burocracia y muertos. Pero ahí afuera debe de estar nuestra primavera. Aunque, por mucho que me esfuerce, no la veo. Desde mi casa solo observo balcones y vecinos desaliñados con caras de tristeza. Miro a las vecinas con ojos de delincuente y, avergonzado, bajo la vista. Estoy seguro de que a ellas no les gusta ser observadas así.

No obstante, si me esfuerzo, al fondo veo el mar. Una línea añil, cósmica e ideal, que me recuerda que en otra Semana Santa las playas se llenaban de risas de niños y cuerpos hambrientos de rayos gamma y Nivea Sun. 

Y en los crepúsculos, desde donde te escribo, cada tarde veo ponerse al sol en las estribaciones del Garraf. En cada una de esas tardes espero pacientemente un pequeño milagro:

Aguardo a que el sol / desde el bulevar oeste / derrame sus amarillos, sus naranjas, su azul pálido / y algún púrpura raro. // El azul oscuro para el cenit / y el Cinturón de Venus, tal vez, / como obsequio de despedida.

Rebosante de amapolas debe de estar el camino del colegio de las niñas y ya apenas recuerdo el olor de los primeros días de primavera. Lúa y Kalita están en una dimensión distópica y su visión me llega con instantes de retraso desde el futuro.

Eres como los sueños, / estás, te veo, / hablo contigo. // Nunca te alcanzo.

Asimismo, pienso en mi amiga Rocío Biedma, que iba a venir a Barcelona desde Jaén a presentar su último poemario por Sant Jordi. Pero también el santo, a pesar de sus influencias, está en arresto domiciliario. Sin embargo, como a los arrestados se le suele dejar salir algún día, tal vez lo veremos en La Rambla dentro de unos meses. Nosotros nos reencontraremos con amigos y respiraremos letras y flores. Los abrazos vendrán como un regalo añadido.

Mientras tanto leeremos los versos de Rocío y, confinados pero confiados, veremos pasar los días con las pupilas llenas de palabras:

El amor es del color de las cerezas: / carmesí por la mañana, / púrpura al mediodía, / encarnado como el lubricán / antes de caer la tarde…