Rex iudaeorum

El asombro del tritón

 

Cuando el maldito rey Melchor clavó la rodilla en el suelo del establo y ofrendó varias monedas de oro por el nacimiento del niño Jesús, José intuyó que algo no iba bien. Aunque corto de vista por la edad, el carpintero de Nazaret no era estúpido y advirtió al instante la sonrisa cómplice de María. La madre de la criatura recibió encantada la dádiva del forastero y este aprovechó para retener entre sus manos las de la joven, contenta y agradecida. Aquel brillo en la mirada… José imaginó los besos y caricias que su esposa nunca le había prodigado.

Y Jesús, aquel hijo prematuro…

Nunca más volvería a ser el mismo. Al poco tiempo José fallecería por complicaciones derivadas de una noche de establo y corrientes de aire. A los treinta y tres años Jesús alcanzó el verdadero rango que por su progenie le correspondía: rex iudaeorum.

Y es que los triángulos amorosos, verdaderos o ficticios, no son tan fáciles de gestionar, ni siquiera si eres un padre putativo de nombre José, de profesión carpintero y vives en Nazaret.


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