¿Qué te llevarías de un país extranjero?

Crónicas mínimas

 

Cuando estás una temporada en un país extranjero, por ejemplo Japón, y convives todo lo que puedes con sus ciudadanos, intentas comprender sus costumbres, su historia, sus religiones… Sin desdeñar en absoluto los lugares turísticos de masas, intentas ir a lugares donde van pocos foráneos porque sabes que allí encontrarás la historia viva de ese pueblo.

Entonces te pierdes por sus barrios, por sus mercados, por sus templos y hasta por sus cementerios. Y encuentras a gente amable y educada donde su idioma, en principio, tan distinto al tuyo, no es barrera, sino acercamiento, porque se esfuerzan por entenderte.

¿Qué me llevaría de Japón? Me llevaría muchas cosas, pero nada material puedo llevarme. Solo emociones y mucha gratitud. También enseñanzas que son difíciles de trasladar a una sociedad como la nuestra que se cree que lo sabe todo.

Como si fuera un juego, voy a elegir algunos momentos especiales para mí por alguna circunstancia. Desde luego en primer lugar tengo que citar mi visita a Hiroshima en pos de las huellas de Sadako Sasaki, la niña que sobrevivió a la bomba atómica y diez años más tarde le detectaron leucemia. Ingresada en el hospital, sus amigos le recordaron la leyenda japonesa de que si hacía  mil grullas de origami (papiroflexia) y pedía un deseo este se cumpliría. Sadako murió cuando llevaba hechas 644. Sus amigos las completaron y se las pusieron en el féretro. Actualmente en su monumento, cerca del epicentro donde cayó la bomba atómica, personas de todo el mundo depositan sus grullas. Hay millones y allí, perdida entre ellas, está la mía, insignificante, pero rebosando emoción.

Me llevaría la ceremonia del té en un local aledaño a un templo de Kichijoji. Me invitaron a participar en ella al verme de espectador con mi cámara siempre dispuesta. Se trata de un meticuloso ritual donde el té verde (matcha) se acompaña de unos pasteles típicos (wagashi). También me invitaron  los monjes budistas del monasterio de Zojo-Ji a una ceremonia donde golpeaban rítmicamente tambores mientras repetían rezos.

Y especialmente emotivo para mí ha sido reencontrarme con las estatuas de los niños “Mizuku” (niños del agua). Están alineadas por cientos en algunos templos y caminos. Llevan puestos gorritos, bufandas y baberos (de color rojo, para ahuyentar a los demonios) que les han hecho sus madres para que no pasen frío. Están dedicadas a los niños que no llegaron a nacer o que murieron con pocos días. El alma de estos bebés cae al otro lado del río Sanzu (Sanzu-no-kawa) que se debe cruzar para alcanzar la iluminación. Como estos niños no han acumulado buenas acciones, piden a Buda compasión presentando como ofrenda montoncitos de piedras; pero por la noches aparecen los demonios y se los destrozan provocando la desesperación de los pequeños. Entonces aparece Jizo una “boddhisattva” compasiva que los esconde en sus mangas y cruza el río con ellos para que sean felices para siempre.

Como despedida, os cuento la sorpresa que tuve al visitar el Cementerio Imperial de Musashi. Esperaba encontrar mausoleos grandiosos de mármol y me encontré un lugar lejano, solitario y estremecedor, un bosque de cedros gigantescos que arropan grandes túmulos redondeados de piedra donde están enterrados emperadores y emperatrices. El día que fui no vi a ningún extranjero. Solo japoneses que se inclinaban respetuosos y rezaban.