Profesor Tenebro, personaje macabro

Casa de citas

 

El novio de mi tía Amparín era aficionado a los tebeos. Cada semana compraba el Tío Vivo (un semanario de humor para mayores) y lo dejaba a mi alcance para poder tontear con mi tía mientras yo, que ejercía de carabina, me distraía con las historietas de Cifré, Escobar, Conti y Peñarroya. Con el tiempo supe que el Tío Vivo fue una iniciativa de «los cinco grandes del humor» para librarse de las ataduras de Bruguera y abrir su propia empresa. Lo hicieron con el dinero de José María Freixa. El quinto en colaborar con esta hazaña fue Giner, creador del Inspector Dan y que, en Tío Vivo, ilustró las historietas de Lolita y Enrique, una pareja tan «moderna» como la de mi tía y su novio, que tenía una Vespa, usaba gafas de sol y compraba tebeos.

La revista nació en 1957 con el objetivo de respetar los derechos de autor de sus dibujantes y ampliar sus márgenes creativos. También pretendía que la gente adulta se aficionase a los tebeos. El Tío Vivo iba un paso más allá del Pulgarcito y publicaba chistes, historietas, textos humorísticos, horóscopos y alguna tira de humor extranjero. La revista no tuvo demasiada suerte, como tampoco el novio de mi tía, como se verá después. Desde el principio, Bruguera procuró que el Tío Vivo fracasara, multiplicando la competencia en los kioscos con nuevas cabeceras (Can-Can, Selecciones de humor del DDT, Ven y ven…). Cinco años después de su nacimiento, Bruguera se hizo de nuevo con la revista e integró a los autores díscolos en sus publicaciones.

Para aquel Tío Vivo de los inicios, Escobar ideó un personaje terrorífico al que llamó Profesor Tenebro. El Profesor Tenebro era un sujeto cadavérico, de nariz aguileña y pelo de escoba, cutis marcado por la viruela, capa negra y una araña que le colgaba del sombrero. Cada semana nos espantaba desde el Tío Vivo. El Profesor Tenebro, en formato chiste, daba miedo y risa a la vez. Aparecía en la contraportada de la revista acompañando a la fea Rosalía (Cifré), el faquir Raskalana (Pañella) o el caco Bonifacio (Enrich), personajes que encarnaban lo peor del género humano: gente atolondrada, impertinente, envidiosa o, directamente, cruel, como el Profesor Tenebro.

Con ocho o nueve años me dedicaba a copiar sus chistes. Algo tendría aquel ser avinagrado que me fascinaba. Quizá fuera su desestabilizadora presencia en el mundo, su falta de moralidad, su proverbial mala baba, razón por la cual resultaba extraño que lo dejara en paz la censura.

Lo cierto es que no fue el primero ni el último de los personajes malintencionados que deambularon por las revistas de humor de aquella época. Allí estaba, por ejemplo, Doña Urraca, de Jorge, que desde las páginas de Pulgarcito ponía en práctica mil argucias para abusar de los más débiles. También hubo un Don Berrinche, dibujado por Peñarroya, que cada semana buscaba bronca sin fundamento. En esas historietas, el malvado siempre acababa mal. Eran las exigencias de una moralidad pazguata. La comicidad se conseguía hundiendo a doña Urraca o a don Berrinche en la cloaca de sus malas artes. Sin embargo, en los chistes del Profesor Tenebro la moral quedaba en suspenso, colgada de la mente del lector como la araña de su negrísima chistera. El Profesor Tenebro nunca pagaba por sus crímenes, ni era perseguido por la ley o por sus víctimas; quizá porque, tras cada una de sus actuaciones, no dejaba supervivientes.

Busco en internet imágenes del Profesor Tenebro: en uno de sus chistes conduce una motocicleta cuyo sidecar es un ataúd; en otro, ayuda a un suicida a tirarse al mar con un pedrusco atado al cuello; en otro, prepara cócteles de cianuro, arsénico y lejía para sus amigos (?); en otro, en fin, lee un libro sobre autopsias a la luz de una bombilla que cuelga del travesaño de una horca. En algún otro lugar, Tenebro se lamenta de no contar con un permiso oficial para el asesinato, como los verdugos. Por extraño que parezca, esos chistes me aficionaron al dibujo; primero copiándolos, luego inventándome otros que yo ambientaba en cementerios, cadalsos, funerarias, arenas movedizas y sótanos sin luz. No sabría decir si mis dibujos tenían alguna gracia, pero mis amigos del instituto los jaleaban con risotadas.

Con trece o catorce años, mucho después de que el Profesor Tenebro hubiera dejado de publicarse, cuando ya no leía tebeos ni mi tía Amparín tenía novio, me dediqué a llenar cuadernos y cuadernos con chistes macabros que yo  consideraba de humor negro, aunque luego he sabido (André Breton, dixit) que el humor negro comparte frontera con la tontería, la ironía escéptica y la broma sin gravedad. Seguramente mis dibujos pertenecían a esa última categoría y no eran sino bobadas siniestras. Aún así tenían un fondo deshonesto.

Cuando cursaba quinto de bachillerato trabé amistad con un chaval que se apellidaba Brown y al que le gustaban mis chistes. Él los comparaba —¡ahí es nada!— con los de la Familia Adams que salían en el New Yorker, revista que se recibía en las oficinas del consulado americano, en Valencia, donde trabajaba su padre. Aquel reconocimiento por parte de Brown aumentó mi autoestima y una tarde me presenté con mis dibujos en la redacción del vespertino Jornada.

No llegué a entrevistarme con el director, pero le hice llegar un cuaderno repleto de científicos locos, vampiros, enterradores y verdugos, en la peor estela del Profesor Tenebro. Por aquel entonces ya intuía la insalvable distancia que separaba mis ocurrencias de las de, por ejemplo, Chumy-Chumez, en La Codorniz. Pero Chumy ya estaba inventado y La Codorniz me quedaba muy lejos. Durante un tiempo pensé que me admitirían en Jornada, aunque fuera prensa del Movimiento y a mi padre no le hiciera ninguna gracia.

Volví por la redacción unas semanas después y solo conseguí que me devolvieran el cuaderno. Salió una señora bastante fea y maquillada hasta la náusea, que me reconvino: «En primer lugar — me dijo— Jornada es un periódico decente y tus chistes no lo son; te recomiendo que emplees tu habilidad tratando temas más universales, algo que le interese de verdad a la gente». Nunca comprendí qué tema podría ser más universal e interesante que la desgracia, el dolor y la muerte. Con el tiempo caí en la cuenta de que mis chistes no tendrían salida: a la gente no le gusta que le recuerden que tiene fecha de caducidad.

Concluyamos. ¿Qué pasó con los protagonista de esta Casa de citas? Veamos. El Profesor Tenebro dejó de publicarse en 1963, quizá porque los tebeos en España fueron haciéndose cada vez más decentes. El exceso de decencia llevó a que la censura eliminase a Don Berrinche, al Profesor Tenebro y a que Doña Urraca, que se mantuvo en nómina, fuese rebajando el grado de maldad que exhibió en sus comienzos.

Y por lo que hace a los demás, el novio de mi tía se abrió la cabeza en un accidente de moto y ya no compró más tebeos. Por lo que me dijeron estuvo metido en el ataúd con el casco que no llevaba cuando se estrelló contra una fuente. Años después, mi tía Amparín —ya lo escribí en alguna otra parte—  acabó en un convento de clausura. No sé si por su fracaso con el motorista o por otros fracasos posteriores y menos sonados. Los cuadernos con mis dibujos desaparecieron en algún traslado o se quemaron en un incendio. No sé. Y yo, que ya tengo cierta edad, paso revisión médica mañana por la tarde: un TIC o un TAC, no recuerdo. Algo relacionado con mi reloj biológico.


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