¿Poesía con denominación de origen?

Perplejos en la ciudad

 

Esta es la cuestión: ¿poetas o poesía con denominación de origen?, dicen los promotores de un supuesto proyecto editorial.

Al igual que se hace con los vinos, quesos, aceites y jamones para mejorar la calidad y categoría del producto, habría en el barrio un consejo regulador de poemas y poetas. Se escogería el producto poético atendiendo a la calidad, no del poema en sí —esto que siempre ha sido un cúmulo de errores y fracasos literarios a lo largo de la historia—, sino a la prestancia y buena presencia del o la poeta. Se valoraría, en suma, no el arte métrica o el ritmo de la composición, sino las medidas físicas, aparentes o reales, del o la poeta, que siempre serán más útiles y eficaces a la hora suprema de valorar el poema.

A modo de ejemplo:

Buena estatura, rematada con un peinado a la moda. Cabello encrespado o elevado para los/las (para no repetirnos escribiremos el neutro “los”) poetas de estatura insuficiente o escasos de pelo. Por su parte, los poetas con el pelo ausente (o calvos) tendrán perfecto derecho a valerse de técnicas y artilugios al uso, como pelucas ensortijadas, sombreros con plumas o zanahorias, apios, crestas de gallo a lo futbolista, o cualesquiera objetos móviles.

Ojos rasgados líricamente (hombre, mujer, no importa ni viene al caso), a la manera clásica china, japonesa o coreana, de mirada devastadora y poema en ciernes, aún no escrito. Voz aterciopelada, sugerente y ambigua al mismo tiempo (escuchar una vez al día al Papa Francisco, aunque parezca sorprendente, puede no ser tarea vana).

Perímetro torácico idóneo para el buen recitado al natural (entendido sin ánimo obsceno, sino previendo micros defectuosos, reverberantes).

Pies con zapatos cómodos, resistentes a cualquier lectura y coloquio.

Brazos corpulentos o enclenques, manos finas o gruesas, dedos cortos o largos (aquí, sobre tales extremidades, no hay un criterio claro y definido en el consejo regulador, puesto que cualquier brazo y mano sirven para escribir). En cualquier caso, siempre es más recomendable, como en todos los oficios, una mano alargada y bien proporcionada para, llegado el caso, alargarla por encima o por debajo de la mesa, no de la lectura, sino del restaurante donde todo acto poético concluye y se consuma.

En cuanto a lo otro, es materia poética reservada. ¿Lo otro?, ¿qué es lo otro?, pregunta un poeta novel del barrio al que nadie publica sus rimas. ¿Editores, críticos literarios, antólogos acaso?

No, muchacho, explica el consejo regulador, aquí no nos referimos a banalidades como las que citas, sin duda con ánimo reivindicativo. Sino a esas texturas y substancias artesanales realmente secretas, compuestas de buena química, aunque de alta peligrosidad al manipularlas. Pueden tener efectos secundarios y dar lugar a equívocos y amistades peligrosas si la textura no está bien compuesta: enamoramientos imaginarios, atracciones platónicas, deseos fingidos, y toda esa confusión amatoria que el poema poco hecho puede desprender, como si estuviera mal cocinado, ¿entiendes? Nunca olvides esto al formalizar el poema: piensa en la salud del lector o lectora y evita el exceso de grasas literarias, y no te pases con la sal y la pimienta amatoria, o lo que ahora denominan salpimentar el poema.

Tales son las recomendaciones para obtener un día la denominación de origen que dé una mayor prestancia y trascendencia a tu poesía, más allá del barrio, que solo sería en este caso la denominación de origen vulgar y corriente, la denominación geográfica, como hacen con los jamones, vinos, quesos, aceites, y demás productos de consumo locales.

Y los narradores, ¿también ellos estarán sometidos a una denominación de origen de calidad, de excelencia?, pregunta el novelista que cada año se presenta en vano al Premio Planeta.

¡No, querido, los narradores ya tienen agente literario, incluso chef de cocina algunos, y los poetas no, nada de nada!


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