Peldaños y prejuicios

M de Mirinda

 

Los prejuicios se nos suben a la cabeza, como un rayo de champán, y esta se hincha. Poco a poco, la mente se nos convierte en un globo petulante y, en su interior, el prejuicio se crece a nuestra costa, fagocitando el volumen de nuestras extremidades y extremos, de nuestras tomas de tierra, hasta que dejamos de movernos al son de la razón. Cabezones, con un nuevo punto de gravedad, más alto, menos controlable, perdemos perspectiva, equilibrio y tino.

Lo preconcebido. Su simpleza de virus nos infecta y cambia nuestra percepción: los peldaños se nos agigantan, y, con el cerebro aturdido se nos hace inviable ascender hacia la justa comprensión de las cosas.

Así, disminuidos, no somos ya capaces de atacar con brío, de esforzarnos por subir a pulso, los peldaños que conducen al entendimiento. Ya no somos sino endebles sarmientos y la escalera, ni la vemos.

Ebrios, fingimos no acusar el cambio y para seguir sintiéndonos solventes soltamos por nuestra boca, o actuamos siguiendo el inconsciente mandato, el exabrupto como prejuicio conocido. Y creemos que pisamos fuerte, que ascendemos por la escala, gracias a nuestras convicciones sólidas y razonadas, en absoluto prejuiciosas, cuando, en realidad, nada de pisar fuerte, aquí nos limitamos a apisonar lo trillado y, aunque lo hagamos bien fuerte, nos quedamos mal parados, estancados en el escalón de lo preconcebido, quizás rellano, para siempre, insuperable.

El prejuicio nos vence, nos vence con su peso, que solemos confundir con el aplomo. Él es antiguo y sabe inflamarnos; se crece a nuestra costa; conoce los atajos, llega veloz, desde el fondo del pozo, y nos unta con su utilitaria cortedad de miras y de pasos. Este lardo, que nos impide tener inteligente cintura, es un simple mecanismo adictivo: se ceba CON los terrores en los que nos apoyamos, hasta engordar con ellos, y también, se ceba EN ellos, en esos temores en los que nos anclamos, y los digiere hasta convertirlos en pequeñas iras paralizantes.

Son los prejuicios torpeza, atocinamiento, mas lo confundimos con la velocidad de juicio, como sabiduría contundente, eficazmente aplicada.

¡Identifiquémoslos y acabemos con ellos! Empecemos practicando con la destrucción de lo precortado y lo precocinado; de las bondades del prepago; de las láminas de plástico que separan el jamón serrano. ¡Puerta al abre fácil! ¡Muerte a la presunción! ¡No concibamos lo preconcebido! Desde nuevos peldaños, luchando contra los prejuicios, seguiré contando.


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