Pedagógica del agua pura

La termita y la palabra

 

Siempre me llamó poderosamente la atención que Alemania y Austria, dos de los países más cultos y refinados de la Tierra, ovularan en su vientre las huevas del nazismo en la placenta de los años treinta del pasado siglo XX.  Ficciones como El alumno Gerber de Friedrich Torberg, Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, Jacob von Gunten de Robert Walser, Sé bueno hasta la muerte de Zsigmond Móricz e incluso Venganza tardía de Ernst Jünger, describían atmósferas escolares claustrofóbicas y “premilitarizadas”, estudiantes que eran puras galeradas del ardor ario que necrosó Europa siguiendo a un pintor atroz.

Esta mañana, releyendo un libro que Eugenio d’Ors publicó en 1947 (dos años después del final de la Segunda Gran Guerra), he sentido el escalofrío de la intuición. Cito el pasaje:   “… Un buen señor de filantrópica vena emprendió una campaña contra el alcoholismo, por vehículo de algunas conferencias que daba en los centros obreros de París y sus suburbios. Para mayor ejemplaridad y lección más espectacular en su propaganda, llevaba a cada conferencia un conejillo de India, al cual, hacia el final de la disertación, inyectaba una dosis de ajenjo. No tardaba la bestezuela en fenecer, entre convulsiones; y quedaba el público edificado por demás… Las cosas siguieron así de maravilla, hasta que, en cierta ocasión, uno del público, tal vez animado el rostro por una diabólica sonrisa, se levantó para gritar al conferenciante: ¿Quiere usted inyectarle hoy, en vez de ajenjo, agua pura?… En su inocencia, el moralista no tuvo inconveniente en hacer lo que le pedían. Al cabo de pocos instantes moría también el conejo, ahora también, entre convulsiones. (…) Pues que el agua, la pura agua potable, ¿puede ser tan venenosa? Si entra en contacto con el organismo a través de otra vía que no sea la vía normal digestiva…”

Todo el mundo convendrá en que, frente al alcohol (bromas aparte), el agua potable es reconstituyente cuando acucia la sed. Otro tanto le sucede al saber (saberes) que la rígida educación prusiana trataba de inocular. ¿Fue quizá el nazismo la convulsión de un pueblo inyectado con agua pura a una edad sin digestión? Lo ignoro. Sigo releyendo a Eugenio d’Ors. Estudiándolo.

 

1Eugenio d’Ors: El secreto de la filosofía. Tecnos (1998).

 


Comparte este artículo


Más artículos de Izquierdo Dani

Ver todos los artículos de