Pater, Patria, Purgatorium

La sombra liberada

 

En un pueblo muy pequeño del Maestrazgo. Termino la lectura de El crimen del padre Amaro. La última página de Queiroz es soberbia, magistral. Un regalo para el lector que llegó hasta ella. Me pongo el sombrero para quitármelo ante esas palabras. Entonces escucho el eco de los disparos, a lo lejos pero no mucho, en la loma blanca a la salida del pueblo. Las facciones carlistas de Quílez han chocado con los hombres del general Cabrera.

Terminado Eça de Queiroz, sigo con la Comedia de Dante, cuya lectura interrumpí para conocer las andanzas del párroco de Leiría. Cuando entorno los ojos veo a mi padre en una de las cornisas del Purgatorio. Está en el Purgatorio, pero también está orgulloso de que el hijo de un barbero de barrio, humildísimo, esté leyendo la obra de Alighieri. Un televisor cercano emite una canción de Jimmy Sommerville y se me viene a la mente la efigie del jilguero inglés, ese cuerpecillo leve que brincaba como nadie en el escenario.

El general Cabrera estuvo aquí, pasó por este camino, se alojó en una casona palaciega de Rubielos. Le puedo ver. Los brazos en jarras, contemplando la batalla desde lo alto de la loma. Esa fue una de las pocas veces en que dos fuerzas militares chocaron de veras. Lo demás (casi todo lo demás) fueron escaramuzas, persecuciones, amenazas, gritos, dos prisioneros (¿y ahora qué narices hacemos con ellos? ¡Vamos a improvisar un calabozo!).

En el pueblo de Linares, cerca de aquí, la mayoría se puso del bando de los carlistas. Eran campesinos pobres. Se pusieron del bando de los carlistas en cuanto se dieron cuenta de que la desamortización solo había beneficiado a los señores marqueses y a grandes terratenientes. Para comprender España (comprenderla un poco por lo menos, una parte de ella por lo menos) es bueno conocer las guerras carlistas, esas guerras que no parecen guerras pero con muertos y violaciones y robos y odio y dolor, mucho dolor. En 1834, Cabrera entró en el pueblo con 50 hombres. Leer a Dante y pensar a la vez en la guerra de Carnicer, Quílez, Montañés, El Serrador, Forcadell con su facción, entrando en las masadas para extraer raciones. A uno que no se las quiso dar volvieron a visitarle por la noche, para escarmentarle. Por fortuna, el hombre se lo temió y pasó la noche escondido fuera de casa. Arnau se enfrenta a O’Donnell. Doña María Nieves de Braganza, esposa del infante Alfonso de Borbón, hermano del pretendiente Carlos, se alojó en la casa de Manuel Zaera, que se conserva bastante bien, al pie de la carretera que va para Cantavieja. En la misma casa estuvo Cabrera, pero en otro año. La historia de España tiene algo de mito tragicómico.

Me duermo escuchando el eco de los disparos de las guerras carlistas mientras el libro de Dante se desploma, como un pájaro abatido lentamente, encima de mi pecho. Veo de nuevo a mi padre, en la cornisa del Purgatorio.

—Y tú, ¿de qué lado hubieses estado, padre? —le pregunto.

—Mi padre (tu abuelo) —murmura él— estaba con los carlistas. Así que yo, por designio natural, me hubiese ido con los liberales. Por la misma razón, es posible que tú estuvieses con los carlistas, ya que tú y yo jamás nos llevamos bien ¿recuerdas?

Agacho la cabeza. El silencio de los campos helados interrumpe la conversación. La historia de España es así: parricida, fratricida. Orgullo, despecho, soberbia, la avara pobreza de la Cataluña, venganza.

—Por cierto —añade mi padre—, ya sabes que debes prepararte para el infierno, no hace falta que te cuente por qué motivos.

Abro los ojos, aterrorizado por esta nueva intervención del viejo, cuando pensaba que se había ido.

—Por supuesto —atino a responderle yo, pero cuando miro a mi alrededor ya no hay rastro de él.

Amanece despacio, la niebla desciende desde la parte de Valdelinares y augura un día desapacible, frío, tortuoso. Otro día de esos. España. Estoy en España. Me levanto despacio y dudo si ducharme o no. Quizás mañana. Pero decido ducharme de inmediato en cuanto recuerdo que hay perezosos en la cuarta cornisa del Purgatorio y en el quinto círculo del Infierno. Ducharme ahora no me librará de la pena, porque no es la pereza lo que me mandará allí. Solo lo hago por no aumentar los cargos, por no agravar la condena. Mientras me solazo bajo el agua caliente pienso en los pusilánimes del libro del Dante, que están en la antesala del Infierno por no haber tomado partido. Estamos en España y hay que tomar partido. Yo estaría del lado de los liberales, contra las facciones carlistas de Forcadell. ¿Me oyes, padre?


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