¿Nos conocemos?

Ultramarinos y coloniales

 

Hoy me despierto al lado de la mujer que he amado durante treinta y seis años, la misma que se mudó al pueblo donde vivimos cuando aún era una niña. Cada arruga de su rostro trae a mi memoria su sonrisa, su entrecejo fruncido, sus muecas… La observo mientras duerme y veo sus manos, las mismas que me arropan cada noche, que han arrullado a nuestros hijos y ahora a los hijos de estos, y su frágil cuerpo, con un camisón de algodón, siempre envuelto en delicados y hermosos vestidos con la elegancia que siempre la ha caracterizado.

Mi querida Susan a la que cogí de la mano en un parque, a la que besé por primera vez en la oscura sala de un cine, el amor de mi vida. La he visto crecer y permanecer fuerte a mi lado desde el día que le regalé el anillo que ahora lleva colgado al cuello pues se deslizaba continuamente de sus flacos dedos.

Esta tarde me encuentro rodeado de extraños, chicos y chicas con niños pequeños llorando o tomando el biberón e incluso a veces están sobre mis piernas.

Me enojo con tanto barullo, solo quiero salir de aquí. Me levanto y cuando voy a abrir la puerta un joven me sujeta por el brazo y me dice que me siente de nuevo. ¡Qué se ha creído!, intento soltarme y le grito que me deje en paz. Entonces aparece una anciana flaca y decrépita que me cuenta cosas que no quiero oír, todo mentiras. Hijos, mujer, nietos… incluso me trae fotos para que me calme.

Me despierto en mi butaca con ese olor que tanto me gusta de pescado al horno, Susan siempre lo deja en su punto. Está sobre la mesa junto a una fuente de patatas y ensalada. Cenamos como siempre tranquilos, aunque mi mujer apenas come nada, la noto un poco triste.

Intento hacerla reír recordándole aquel día en la estación cuando me esperaba en el andén y con la emoción de abrazarme tropezó con una maleta y cayó cuan larga era muerta de vergüenza.

Hoy por fin es sábado, son las fiestas patronales. Van a venir los niños y sus hijos, hace tanto que no vienen… Tengo ganas de saber cómo le fue a Fede con el proyecto, quiero preguntarle a Carol si el jefe le dio el ascenso que tanto esperaba y estoy deseando jugar con los nietos.

Susan ha preparado marisco y carne asada. Seguro que también hay en la nevera una tarta de merengue y chocolate como todos los años. Comemos entre risas, charlas y algún que otro berrinche de los más pequeños. Después del café vamos a subir juntos a ver la procesión.

No sé dónde estoy ahora pero hay ruido de tambores, un viejo me está diciendo algo de unos niños y parece encantado con los halagos que les hace, imagino que habla de sus nietos, así que asiento con la cabeza mientras intento recordar qué hago allí en medio de ese jaleo. Una chica me pasa un niño para hacerse una foto conmigo mientras pasa por nuestro lado un santo, ¡la juventud cada día está más loca!

Me he despertado de madrugada y mi mujer no está en la cama, voy a buscarla al salón por si se ha dormido calcetando como muchas otras veces. Camino por el pasillo y de pronto aparece saliendo de la habitación de Carol, ¡menudo susto me ha dado! Me acompaña a la cama, le ayudo a sentarse para que se tumbe y cuando la agarro del brazo veo un feo moratón por encima del codo. Me dice que se ha dado un golpe mientras limpiaba, que no es nada y que me duerma que es muy tarde. No tengo ganas de discutir así que dejo la conversación para mañana

Me levanto más tarde de lo normal y cuando voy a vestirme la ropa no está en su sitio, me enfado un poco y llamo a Susan que me dice que la ropa está en el aparador, donde siempre. ¿Donde siempre? Siempre ha estado el armario del cuarto de baño pero creo que se hace mayor y se le olvidan las cosas.

No quiero enojarme así que cojo mi ropa, quito las toallas y el papel higiénico del armario del baño y meto allí mi ropa interior, los pantalones y las camisas bien dobladas. Llevo a nuestro cuarto todas las cosas del armario y bajo a tomar mi café. Esta tarde, ha venido Tomás el hermano de Susan a ver cómo estamos, no hablo mucho porque esas pastillas que tomo para la tensión me dan sueño y me paso el día dando cabezadas… Tengo que ir al médico a decirle que me las cambie.

Antes de acostarnos mi esposa ha estado hablando por teléfono, casi en susurros, con alguien. Seguro que está planeando una fiesta sorpresa para mi cumpleaños, que es dentro de un par de semanas. Ella coge el libro que le ha prestado Fede antes de acostarse, pero al final me da las buenas noches y deja el libro sobre la mesilla. Está algo pálida así que le doy un beso en la frente y apago la luz.

Llevo puesto un traje negro, estoy sentado en una iglesia y parece que en el entierro de alguien, aunque no soy capaz de recordar quién. Debe ser alguien muy conocido porque al salir de la misa la gente me abraza y me da el pésame. Yo por respeto y educación finjo estar afligido, agacho la cabeza y agradezco las condolencias que me dan.

Me levanto de buen humor y con ganas de llevar a Susan a comer a nuestro restaurante favorito, me aseo y bajo a tomar el café a toda prisa para sorprenderla. Mi hija Carol está en la cocina poniendo la taza y las tostadas de pan con mantequilla. Pregunto por su madre y rompe a llorar.

Nunca en mi vida me había sentido tan dolido y triste. De pronto mi corazón se encoge al tamaño de un guisante y las lágrimas corren por mi rostro. Ya no quiero desayunar, tan solo verla y abrazarla una vez más antes del sepelio. Carol me mira e intenta tranquilizarme, aunque mis palabras parecen hacerle más daño.

Me despierto en una cama que no es mía, ni siquiera llevo puesto mi pijama de rayas y huele mucho a lejía. Llamo a mi esposa y aparece por la puerta una señora gorda que me dice que me calme y que vuelva a la cama. Esto debe ser un hospital, aunque no recuerdo estar enfermo. Le exijo explicaciones a gritos e incluso me pongo violento hasta que aparece lo que supongo es un enfermero con una jeringuilla.

Mi pequeña Carol, tan parecida a su madre en su juventud, ha venido a verme hoy. Mis días pasan entre paseos en un jardín, visitas de la familia, comidas insípidas y demasiada medicación.

Hoy recuerdo la muerte de Susan, el ingreso en esta residencia para enfermos de alzhéimer y la tristeza que invade mi corazón día y noche.

 


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