No temas, Laurita

Solo, por favor

 

Era una de esas noches. Era en un piso cualquiera de sesenta metros. De cuando mamá cuidaba del abuelo. Papá repasaba mil documentos frente a la pantalla, entre montones de libros. Laurita se lavaba los dientes.

—Papá, quiero que venga mamá.

—No te preocupes, Laurita. Mamá no tardará mucho.

—¿Puedo quedarme contigo?

—Claro, hija. Mira, dibuja algo bonito para mamá.

La niña tomó el lápiz y el cuaderno que le pasó el padre, y este siguió aporreando las teclas entre sorbo y sorbo de infusión.

Primero fue un ovoide. Después, largos y sinuosos trazos a ambos lados. Fueron brotando dos ojos en la parte alta del ovoide, bajo los cabellos, con pupilas y rayitas representando pestañas. Dos agujeritos de nariz y, debajo, dos lunas tumbadas: la más abierta sobre la más cerrada, dibujando una gran sonrisa. No surgió cuello, sino otro ovoide mayor que el primero, soportándolo, y del que empezaron a aflorar brazos estirados en horizontal. Iban a aparecer cinco dedos en cada extremo, pero el trazo se interrumpió. Laurita fijó la mirada en el pasillo. Una expresión de terror se apoderó de ella. Había oído un ruido y no era su madre.

—¿Mamá? —susurró para darse ánimos.

Papá no la escuchó. La niña insistió:

—¿Mamá?

Silencio; papá detuvo sus manos sobre el portátil.

—Laura, cariño, ¿qué pasa?

La niña permanecía con la mirada en el pasillo, con los ojos como platos y los labios temblando. El padre bajó al suelo, junto a la niña. En un ejercicio estudiado, engoló la voz en un susurro mientras sentaba a su hija en el regazo:

—Tienes sueño, mi vida. Déjame ver tu preciosísimo dibujo.

No consiguió sacar a la pequeña del ensimismamiento. Trató de seguir la mirada de ella. Sonrió al toparse con la oscuridad al otro lado de la puerta. Estaba a punto de minimizar la importancia cuando algo sonó en el pasillo. Como un crujido vago, similar a una pisada sobre una tarima. Pero el suelo era de gres.

Papá se incorporó abrazándose a Laurita. La pantalla les parapetaba. Largo silencio.

Cuando mamá abrió la puerta, pudo escuchar:

—Anda, Laurita, acércate a ver si es mamá.


Comparte este artículo