No guiñes el ojo al ir a comprar el pan

Perplejos en la ciudad


Dice la leyenda que había un trovador que, de tanto desnudar y manosear la imaginación, se volvió medio loco y empezó a enviar canciones y poemas a las casas del barrio, en busca de los tesoros escondidos que veía en sueños. Pero nadie hacía caso de sus misivas, ni mujeres ni maridos, ni viudas ni solteras. Excepto una vecina, dicen, que, si a primera hora se encontraba al trovador en el horno, le guiñaba un ojo mientras él pedía un pan de payés, bien redondo y crujiente, todavía de miga caliente si lo rebanabas al llegar a casa, explicaba mirando a la vecina, y guiñándole el ojo como buenamente podía, ya que no era nada hábil con la técnica de los guiños.

Ha pasado el tiempo, pero así vive todavía, persiguiendo imposibles, enviando canciones y poemas en busca de tesoros ocultos, de piezas de oro y plata, joyas y sedas orientales que, una y otra vez, en sueños, las ve de lejos, transparentadas bajo la luna, como en un cuento oriental.

Hoy día ya no frecuenta el horno como antes, desde que el panadero, por un malentendido (creía que le guiñaba el ojo a su mujer, a la panadera), le lanzó un puñetazo directo que lo dejó tumbado allí mismo, entre un montón de panecillos, cocas, panes de payés y barras calientes.

Aquel aciago día, pues, había guiñado mal el ojo como respuesta a la vecina del ojo vivo. No controló bien el movimiento del párpado ni supo enfocar la mirada, puesto que al guiñar el ojo lo hizo en dirección contraria, es decir, dirigido a la panadera, que en aquel momento estaba despachando un pan de payés a la vecina que le guiñaba el ojo.

Algunas noches todavía recuerda con melancolía aquel pan de payés, un pan que no ha encontrado en ningún otro horno del barrio (la tienda cerró por jubilación), tan redondo y crujiente, con aquella miga aún blanda y caliente, si lo rebanabas enseguida al llegar a casa.