Natalia, Clara, Maryam

La termita y la palabra

 

Natalia, mi amiga matemática, me explica que conoció en Cambridge (Massachusetts) a una iraní, Maryam Mirzajani, mucho más inteligente que ella, mucho más enigmática. Una joven silente de 32 años tocada por la gracia del hueso de Ishango y el semen de Pitágoras.

La conoció, qué cosas, durante su estancia posdoctoral en Harvard. Natalia es licenciada (también doctora) en Matemáticas. Se licenció en Barcelona, se doctoró en Lyon con Cédric Villani: una mente insondable dentro de un pianista.

Natalia estudia (se le encienden los ojos cuando me lo explica) la teoría ergódica: el comportamiento promedio, a largo plazo, de los sistemas dinámicos.

Cuando ella habla, yo no entiendo nada pero no se lo digo. Me gusta pensar que mi amiga traslada (a letras y ecuaciones) la conducta humana ante el dolor o el amor. Reverso y anverso de una misma dinámica. No conozco otra mayor.

Quizá por eso no estudié matemáticas. Qué sé yo. Sí sé que Natalia es una chica hermosa, inteligente y sabia. Casi tanto como Clara, la catedrática frutera que dejó la tarima por un delantal verde, harta de un mundo que jamás comprendió.

Me agradan los amigos que humillan, con la suya, mi inane inteligencia. Aprendiendo a su lado, me siento mejor.

Clara murió de cáncer y ocultó su diagnóstico hasta que no pudo derivar su advertencia; Natalia sigue viva profesando en un instituto comarcal de secundaria, en la provincia de León.

De tanto en tanto me escribe y me cuenta que ha hecho avances imposibles, que intuye no sé qué arista de qué geometría, que suspendió  toda la clase en su último control.

Me lo cuenta triste porque su letra picuda, aunque sea muda, despeja silencios igual que su escribiente desnuda realidades sin realidad. Entonces yo la llamo, ella nunca se pone y al filo de la noche, me vuelve a llamar. Ha olvidado el suspenso, confiesa que no sabe explicar, promete verme pronto, inventa que me quiere, que ha leído mi libro, cuenta que una alumna suya va a clase con hiyab.

Ella no se mete en cosas terrenales, tiene la mente varada en las estrellas. En la música numérica de su contorsión. Ignora lo terrestre pero le duelen las prendas que tapan las cabezas contra su voluntad. Sean ideológicas, de tela o de ficción.

Natalia es un cielo y habla cuatro idiomas.

Castellano, árabe, inglés y alemán. En los dos de en medio habló con Maryam Mirzajani (dos años después del primer encuentro) para felicitarla por la Medalla Fields que acababa de ganar. Maryam Mirzajani es iraní y no lleva pañuelo.  Las ecuaciones imposibles son su nicab; lo indescifrable, su chador.

Natalia y Maryam son muy amigas. La belleza es su imponderable.

La vida la pizarra donde juegan a pensar.

El juego su pasión.


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