Nada

Rincones oxidados

—Dejar a un hombre no es fácil.

—No, no lo es— le respondió Soledad a la vieja mientras observaba cómo metía las manos huesudas dentro de la bolsa de papel para agarrar unas migas de pan. Luego las desparramaba por el aire como si fuera un rey mago repartiendo caramelos desde su carroza y se sonreía cuando las palomas se picoteaban las unas a las otras para defender la comida.

—Son como ratas. ¿Eso te lo ha hecho tu marido?— le preguntó señalándole la cara.

Soledad, perpleja, respondió que sí titubeando. Vengo del cuartelillo de los mossos, añadió, y no era mi marido.

—¿De declarar? ¿Lo has denunciado? — La vieja la interpelaba sin dejar de prestar atención a las migas de pan voladoras. —¿Has sido capaz? ¿Te han creído? Bueno, en todo caso, ya se terminó.

Ya se terminó. Ya se terminó. Esas palabras, en boca de una desconocida, la sobresaltaron. ¡Qué coincidencia! Ella misma se las había estado recitando como un mantra buscando consuelo. Sin embargo, el miedo empezó a arrebujarse de nuevo en los intestinos de Soledad. ¿Qué veía la mujer en su cara?

Soledad había pasado la tarde en comisaría dando vueltas por la sala sin acercarse al mostrador. Sacándose un café. Saliendo a fumar. Entrando una y otra vez a nada. No fue capaz de hablar con nadie hasta que una mossa se le acercó y le preguntó ¿señora, necesita ayuda? Y Soledad contestó que no y corrió a refugiarse en el baño. Orinó llorando y se secó con un pedazo de papel tembloroso; se subió las bragas por unos muslos frágiles mal encolados a unas rodillas quebradizas, arrastrándolas torpe, como si nunca se hubiera vestido sola. Salió del retrete sorbiéndose los mocos y se enfrentó por enésima vez al reflejo de un espejo. Y por enésima vez buscó los destrozos en su cara.

Nada.

En la cara del espejo no encontró ni rastro de lo que buscaba. Ni heridas, ni cortes, ni marcas. ¿Cómo poner una denuncia sin pruebas? Las únicas evidencias de lo que le había ocurrido, por terrible que fuera, se concretaban, solo, en unas mejillas enrojecidas, unos ojos hinchados por el llanto, unos labios trémulos… a lo sumo, una expresión de espanto. ¿Cómo era posible? Su impotencia le echaba de comer a un terror cobarde que se agazapaba en su estómago. Un terror indemostrable.

Y salió de la comisaria, se metió en el coche y empezó a conducir sin rumbo, como desahogo, huyendo hacia adelante. El crepúsculo recortaba las siluetas oscurecidas de los pequeños pueblos que se sucedían a lado y lado de la carretera. Sobre el horizonte, tres dedos de cielo anaranjado, casi dorado, y en la cúpula del cielo, unos nubarrones tremendamente amenazadores de un color negro humo, inyectados en unas caprichosas formas. Un cuadro cuya belleza la estremeció a pesar de todo. Soledad pensó que le apetecía contemplar aquel paisaje un rato, tranquila, sin tener que atender a la conducción. A un lado de la carretera se elevaba una parada de autobús. En su banco se sentaba la anciana que daba de comer a las palomas, vestida con sus ropas viejas, sus zapatillas rotas, su abrigo insuficiente, su aspecto miserable, su mirada ausente. El coche quiso pararse. O ella necesitaba pararse. El caso es que se paró pensando que se sentaría solo un momento a contemplar el cielo estampado de alquitrán, el fuego en el horizonte; o a desahogarse con una vieja sola y desconocida. Confesarse con aquella mujer no la comprometía. Con una pared, tampoco.

—No, no he podido denunciarle— respondió al fin Soledad.

—Claro, ¿cómo ibas a hacerlo?

De nuevo Soledad notó el miedo hiñéndole la bilis y un amarillo agrio en la garganta. La actitud de la mujer traspasaba las líneas de la empatía. Era algo más inesperado si cabe, algo más que improbable, imposible. La asustaba y sin embargo no se levantó, permaneció atada a aquel banco, al cielo que insistía en oscurecerse, a las palomas que se tornaban más crueles cada vez que la mujer les lanzaba las migas de pan.

—Cuéntamelo—, le dijo, y Soledad, tocándose el rostro, se desbocó.

Las caricias fueron, al principio, suaves. Con los dedos tibios le tomaba la cara para apoyarla sobre su palma caliente. El dorso de su índice doblado le perfilaba las mejillas y se las encendía. El pulgar sabio le pellizcaba la barbilla. Los labios húmedos. La lengua fingiendo timidez. Y ella dejándose dormir con la frente apoyada en la suya. Y de repente, sucedió. Soledad no quiso abandonarse al letargo.

Por primera vez le dijo: «esto ha terminado».

—¿El qué?

—Lo nuestro…

—Tshhhhhh, duerme, tshhhh…duerme

—Tal vez no quiero dormir, solo quiero dejarte y estar despierta.

Los dedos empezaron a rascarle las mejillas, primero de forma suave para tornarse en arañazos. La cara sujeta por la barbilla.

—Tshhhhhh, duerme.

—No; quiero despertarme…

Las uñas se tornaron filos y empezaron a hurgar bajo las ojeras hasta conseguir una punta de piel de la que tirar. Y tiraron.

—¿Quién te va a querer? ¡Mira que aspecto!

Soledad lloraba, podía sentir perfectamente cómo la sal le irritaba las heridas, sin embargo, no gritaba, solo un gemido infantil se le amontonaba en la garganta. Ni siquiera estaba segura de que él pudiera oírlo.

—Lo nuestro se ha terminado. No me importa estar sola. Quiero estar sola…yo…

—Tshhhh, tshh…

Tras la piel, la carne. Jirones de mejilla que él arrancaba e iba colocando sobre el cristal de la mesilla repleto de vasos, ceniceros, paquetes de tabaco arrugados, restos de comida, polvo. Soledad nunca fue tan consciente de la suciedad que la rodeaba como en ese momento.

La agarró del pelo con una mano y con el índice de la otra hurgó en las cuencas de los ojos hasta arrancarlos. Los fue colocando con delicadeza dentro de un cenicero colmado. Soledad, aún y así, nunca había visto tan claro.

—¡Vete!

Él la soltó dejando caer un manojo de pelos al suelo. Se limpió la sangre de las manos con la falda de ella y le susurró al oído: «¿Quién te va a querer como yo?»

—¡Vete!

Y él, por fin, se fue dando un portazo. A Soledad le dolía el estómago como si se lo hubieran machacado a puñetazos. Le dolían la cara, los ojos, el cuero cabelludo, la garganta llena de gritos ahogados. Se levantó del sofá, necesitaba verse la cara en un espejo. Las piernas apenas si la sostenían, parecía que se había levantado del asiento de un coche siniestrado. Y por primera vez se enfrentó a su reflejo. Nada. Solo esa cara de terror, el vacío que salía de sus cuencas, los ríos de sal en sus mejillas enrojecidas. Pero ni en un solo momento, Soledad pudo dudar de que era cierto lo que le había pasado.

Soledad guardó silencio y escrutó a la vieja. La mujer continuaba dándole de comer a las palomas que ahora eran mucho más grandes, menos blancas, más feroces.

—Bien, ahora ya sabes a qué has venido y qué es lo de que has de hacer, ¿verdad?

Soledad asintió y empezó a llorar con una rabia tormentosa. El cielo umbrío se ciñó sobre la parada de autobús. Las palomas rodearon sus pies, hambrientas, y ella empezó a sacar de sus bolsillos girones de piel y se los lanzaba. Las palomas comían ansiosas, peleándose a picotazos por el festín, cada vez más grandes, cada vez más negras. Pedazos de carne volaban por los aires y ellas acudían carnívoras con un apetito desatado. Ahora un ojo, ahora otro, hasta que acabó con todas las partes de ella con las que había llenado sus bolsillos.

—Ahora sí. Todo ha terminado—, le susurró la vieja poniéndole una huesuda mano sobre la rodilla. —¿Ves como son ratas?

—Todo ha terminado, ahora sí —. Soledad giró la cabeza para mirar a la vieja y, sin sorpresa alguna, comprobó que estaba completamente sola en la parada de autobús. Se levantó del banco, bajó el camino, subió a su coche y ladeó el espejo retrovisor para verse la cara. De nuevo nada. Pero esta vez se reconoció, satisfecha.

Arrancó el coche y reanudó la marcha dejando un cielo terriblemente oscuro sobre la parada del autobús. Y tras de sí, nada más.


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