Nada es permanente

Tecnologías de los perdidos

 

—Pasaporte —pidió el agente de aduanas.

—¿Cómo no? —dijo el pasajero con una sonrisa amplia.

—Billete de salida.

—Claro.

—Billete de entrada.

—Ahora mismo.

—Prueba de alojamiento.

—¿Mi reserva? Aquí la tiene.

—Seguro de cobertura.

—Con gusto.

—Carta de invitación.

—De negocios.

—Soporte financiero.

—Sí. Elevado.

—Visado.

—Perdone, entre tanto papel. Este.

El agente escaneó el visado con la pistola. Estudió el monitor y negó con la cabeza.

—No puede entrar.

El pasajero guardó la calma y siguió sonriendo.

—¿Por qué? Si no es molestia.

—Su nivel de felicidad. Está por los suelos.

—Pero…

—Lo siento.

—He hecho un viaje muy largo. Seguramente, usted pueda tener piedad.

—Debe regresar a su país.

—Últimamente he tenido problemas personales. Ya están solucionados. Nada permanente, se lo prometo. Además, me lo estoy mirando. Me noto que voy teniendo una actitud más positiva en la vida.

—Los puntajes de felicidad caducan cada seis meses y el suyo está recién hecho. Vuelva a intentarlo cuando expire.

—Me dijeron que había flexibilidad, por eso de que cada quien tiene su propia escala, ¿sabe usted?

—Eso era antes. Los requisitos para ingresar se han endurecido. Los niveles de felicidad de los visitantes han de estar al menos a la altura de los vecinos. Dígame ¿qué pone ahí? —preguntó el guardia señalando con el índice el cartel de bienvenida tras los puestos de aduana.

—La nación más feliz del planeta.

—Pues eso.

—Seguro que me vuelvo más feliz en cuanto cruce la frontera, por favor, tenga… —dijo el hombre con algo de esperanza.

—Tenga la amabilidad de hacerse a un lado. Ahora llegarán los compañeros para escoltarlo a su avión. ¡Siguiente!

Al hombre se le cayó la sonrisa del rostro. Resopló. Se hizo a un lado.

—¡Maldito curso de felicidad online! —murmuró bajo el aliento.

 


Más artículos de Pascual Nieves

Ver todos los artículos de