Muy tarde ya en la noche

Una sección propia

«Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente».

De Jaime Gil de Biedma, en Pandémica y celeste.

Ahora también es tarde; bastante. Tanto como se nos hizo ayer cuando te hablé de lo muy tarde que era en el instante en que nací.

Nací mucho después de que mi madre me diera a luz. Nací un día de enero en el que recién medraba una década. Vine a la vida con zapatos y camisa, a la edad de diez años, parado ante un televisor desde el que me habló una voz.

La voz de un hombre que fuma; que fuma y habla al tiempo que yo nazco. Una voz tan abundante que aquello que dice sale del aparato y de sí misma, y se cierne sobre mí para garantizarme el primer impacto sensitivo con el mundo.

Una voz que sigo oyendo y que me acompaña en la lejanía de todo pensamiento casi treinta años después de haberme poseído. «Siempre que sea controlada y voluntaria, la esquizofrenia está muy bien». En cualquier coyuntura emocional escucho a ese hombre que fuma a la vez que me habla; ese que murió el día anterior al que yo nací.

Nací con dientes cariados y sabañones. Surgí de la nada con metro y medio de estatura, habiendo pasado la varicela y el sarampión, de pie y sabiendo hablar. Así me hice, al arrullo de un poema en la sobremesa del diez de enero de 1990.

Ahora, por tarde que sea o se nos haya hecho, no cabe en mí más búsqueda que la de la esencia legada en la intimidad de ese rumor de paritorio que, al menos en mi percepción, fue puramente íntimo entre esa voz incrustada en el telediario y mi existencia primera.

En este momento, y de manera espontánea, tal y como sucediera en aquel día de vitalidades adquiridas en mí y quebradas en él, me arrojo al hallazgo y encuentro del mandato que de esa voz he recogido, y que asumo por cuenta propia empujado a encarnar aquello que hay tras ella con el fin de encontrar lo que quiera que haya detrás de la mía, aun a riesgo de descubrir que no hay nada.

Y entonces morir.

Paseo bordeando los parterres de Los Jardines de Miramar, donde abundan los ciruelos rojos y entre ellos se desparraman damas de noche y margariteros salpicados de fulgor matutino.

Es la hora del vermú, desde la altura se intuye cierta quietud en el tumulto caudaloso que abarrota las zonas nobles de la ciudad y lanza una bruma que hace palpitar su visión como el horizonte de un espejismo; el mar se mece con el mismo compás impuesto, una tendencia lenta en la que por fin parece hallarse en calma tras la proeza homérica de haber escupido el sol hace ya algunas horas.

Las horas de allá, las mismas que contarán la espera hasta que asomen las luces de la noche sobre ese mismo mar, justo al romperse otra más de esas tardes de puerto y desamparo errante en los muelles.

Esta ciudad desbaratada y dispuesta por la locura a los pies de mi arrogancia.

La ciudad ya tan lejana, y en la que cada calle, para bien o para mal, cabe en un verso. Versos, en muchos casos, esclavos de la melancolía y la tragedia por más que duela; y en otros tantos remplazados por eslóganes y proclamas al servicio del dinero que todo lo revienta.

La ciudad, hija bastarda, hija del mar y mil civilizaciones, enterradas todas ellas bajo el adoquín de este presente que yo contemplo con distancia, y cuya visión se deflagra en minutos y pasa a ser pretérito de su propio ser, cruza al otro lado, cautelosa, pero sin prejuicio alguno como un caco atravesando un butrón.

Yo fui, aquí y allí, uno de esos alientos ebrios de horas sin sueño que persiguen con desparpajo resolver la falta de consuelo, esa carencia eterna que nos arrastra por la vida convirtiendo la realidad en rutina. Yo fui uno más en madrugadas urbanas de risas perversas, y puedo contar que sobreviví a las actitudes suicidas y los duelos a navaja, y también a las jornadas laborales de doce horas, y si lo cuento es gracias a saber que para los azorados de la vida también existe un poema, aunque sea de tercera, por más que solo pueda ser leído con faltas de ortografía en la tapia de una ruina en las afueras.

«Hoy —desde lejos— ya puedo ser sincero y egoísta» reza el mío, mi poema, y en eso me encuentro: lanzado a la crónica de esta multitud de versos que son como calles impregnadas de zotal y salitre, y a las que mi terquedad literaria pretende someter y encadenar. Es por ello por lo que acostumbro a venir hasta aquí y me asomo a los miradores desde donde ligo de cabeza pequeñas composiciones, pasajes mínimos que dan cuenta de mis impulsos, todos venerables en lo que a intención narrativa se refiere, huelga decir que ninguno se puede confesar sin que sea sobre las páginas de un libro.

No existe fe en ninguna verdad, solo en la palabra que trata de explicarla.

Mi patria es el lenguaje, los versos del maestro mi creencia, y la ciudad y su noche el Olimpo al que subir a rendir cuentas. A los hijos que no tuve los llamé a todos Jaime, para honrar a los suyos, porque un nombre, de algún modo, es un altar. A los que sí parí los devoré por ser vástagos del pecado, como hace un buen hijo de Titán; igual que hizo él con el niño que parió mi madre.

La mitología es capaz de explicar cualquier cosa que nos suceda.

Más tarde, no mucho más, descenderé a sumergirme en la urbe, a regalarme a ella con pasos torpes y apocados como los de un bañista que entra al agua en primavera, y en ese lance temeroso seguiré el rastro de su voz de bar en bar, poco a poco, hasta sentir mi cuerpo aclimatado y dejar de preocuparme por que vuelva a preñarme el vicio. Entonces seré por entero del pálpito que me entrega a las luces dispersas, a los abrazos de los amantes furtivos, al reguero desatado de tocamientos bajo el foco lejano de una farola en Muntaner, al sabor de los besos que se alejarán con la prisa del taxímetro, esos que marchan sin mirar atrás, sin decir «hasta nunca», siquiera.

Con igual descaro habito también otras circunstancias que no son taciturnas, lo hago a diario, en visitas que son anexos y prórrogas de las noches beodas de las que solo quiere alimentarse mi voz más que alcohólica. Deambulo muchas mañanas por aquí en vez de irme a casa. Yo no tengo casa, lo son las barras de los bares de menú desangelado, las plazas silenciosas a la hora de la escuela, y las estaciones de metro que no queden lejos de las esquinas que atestiguan casuísticas novelescas.

Allí donde voy acudo en busca de personas que sin yo saberlo se han convertido en mis personajes, apoderándose de este texto sin hallar yo deseo de ello. A mí, en un inicio, solo me interesaba destilar sus voces, todas hermosas y muy adaptables en sus diferentes registros, acreedoras de ese punto de realidad precisa que convierte en virtud la ficción, y también de algo que una vez licuado pueda ser capaz de sonar a poesía.


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