Mis muertos

Casa de citas

 

A medida que cumplimos años vamos acumulando muertos en la conciencia. Primero fueron los abuelos, luego los padres y, por el camino, alguna amiga descarriada que murió antes de tiempo. A mí se me han muerto dos mujeres que deseé, sin que pudiera amarlas como es debido. Una, porque no quiso quererme cuando yo la quise. La otra, porque la quise cuando ya era tarde, y entonces no valía la pena potenciar un afecto que estaba condenado a morir. No daré nombres ni fechas, pero si esas mujeres me ven desde el cielo, o desde el alma universal de los gnósticos, sabrán que su recuerdo sigue vivo en los márgenes de mi memoria. Cualquier recuerdo se desdibuja con el tiempo; cualquier vivencia acaba por desaparecer. Aún hoy soy capaz de recuperar su memoria cuando miro los objetos que les pertenecieron, unos objetos que se van deteriorando, como yo mismo, con el paso de la vida.

 Y es que las personas también somos una construcción en la mente de otros, y esa construcción varía con el tiempo. Cada uno ofrece al mundo su apariencia física, aderezada con una voz y ciertos pensamientos que nos caracterizan. Los demás construyen con esos datos una figura de lo que somos, imagen que suele contener buena dosis de fantasía. Esa figura no tiene por qué parecerse a lo que realmente somos, si es que somos algo distinto a lo que imaginan los demás. Luego, cuando desaparecemos porque nos vamos al Uruguay o porque, definitivamente, nos morimos, perdemos el soporte material, pero quien nos conoció guarda en su mente la imagen de lo que fuimos. Lo que permanece de nosotros en la mente ajena queda en formato virtual: millones de conexiones neuronales que se irán difuminando hasta desaparecer.

Esa parte virtual de lo que somos puede dar pie a situaciones curiosas: gracias al recuerdo y a la imaginación, hay quien cree ver a un muerto que conoció, oírle hablar e incluso olerlo, como hay quien sueña con los amigos o los familiares muertos, habla con ellos y se deja aconsejar. Son, desde luego, destellos de la imaginación y no auténticas visiones de lo paranormal.

Los entendidos en realidad daimónica —esa forma de realidad que se escapa a los sentidos y nos conecta con el «más allá»— sostienen que el mejor momento para recibir señales de los que ya no están con nosotros es hacia las tres de la madrugada, hora solar. O sea, hacia las cinco de la mañana de nuestro reloj, que es esa hora a la que, desde hace semanas y sin causa aparente, me despierto cada día. «¡Los muertos, que vienen a visitarte!» —me dice mi mujer, que es aficionada a lo extrasensorial. Luego vuelvo a dormirme siguiendo un método que me enseñó un antiguo profesor de yoga y que consiste en visualizarme sumergido en un pozo de aguas turbias, nadando hacia un fondo inalcanzable, a imitación de los científicos y los filósofos que buscan una verdad que no existe. La imagen de alguien que se sumerge para alcanzar lo inasible suele funcionar, así que vuelvo a dormirme y me despierto un par de horas después.

El año pasado perdí a dos amigos más. Eso aumenta la nómina de mis muertos a un total de veinte. Todos esos muertos son relativamente recientes: mis padres, mis suegros, mis tíos, un par de primos lejanos, las amigas que ya mencioné, varios amigos con los que había perdido el contacto, mi amigo del alma y tres amigos más. Algunos murieron de puro viejos; otros, atrapados en las redes del cáncer, el aneurisma cerebral u otras formas de muerte prematura. Con uno de mis amigos establecí un pacto a pocos días de su desaparición: vendría a verme, se dejaría notar de manera sutil o abrupta, cómo y cuándo pudiera; incluso, si le apetecía, podía aparecérseme en sueños. Los signos los elegiría él, a voluntad; la interpretación era cosa mía. Le prometí que no tendría miedo. Al contrario, le estaría agradecido si me dejaba atisbar el final del túnel. «Me temo que no hay nada, Pere —me decía—. Desapareceremos y otros ocuparán nuestro lugar. También en tu cabeza y en tus afectos. ¿Quién seré yo para ti, pasados unos años? No hay nada sólido en el más allá, Pere, como tampoco aquí. La solidez es una esperanza, una aspiración, no una realidad. Si hubiera algo, te lo diría».

Siempre he sido partidario de la racionalidad y de la ciencia; quizá por eso nunca he tenido visiones de lo que no pertenece a este mundo. Incluso me he tomado a risa que tales contactos sean posibles y he desmentido con argumentos a quienes dicen haberlos experimentado. Leo a Patrick Harpur[1] tratando de hallar en sus libros una forma de aproximarme a lo paranormal que no lo ridiculice ni lo abrace sin criterio. La propuesta del autor es dejar la incredulidad en suspenso y dejarse penetrar por la imaginación. La visión paranormal ofrecería otra manera de ver el mundo, concediendo a lo imaginario una vida autónoma, que incluiría apariciones espontáneas de «realidades» extrañas.

La otra noche me desperté otra vez a esa hora en la que, según los especialistas, somos proclives al contacto sobrenatural. Consulté el reloj. Las cinco y diez. Hay que volver a dormirse —me dije—, mañana necesito estar despejado. Ensayé entonces el método de verme buceando en un pozo sin fondo y… debí dormirme. 

De repente me vi en la cama con mi amigo muerto, en pijama los dos, hablando de libros y películas, como era habitual cuando él estaba aquí. Mi amigo —le llamaremos Juan, para abreviar— se había dejado puestos unos calcetines negros que se deshilachaban. Yo me dedicaba a recoger los hilillos negros de los calcetines y le pedía que se los quitara. Pero aún sin calcetines, mi amigo seguía deshilachándose. Se frotaba los pies y de ellos caía un polvillo gris que se acumulaba en las sábanas.

—Soy yo —me dijo—. Es como si me estuviera deshaciendo. 

Le he mirado con curiosidad, tratando de comprender el fenómeno, y me ha sorprendido comprobar que su pie derecho prácticamente había desaparecido. Él seguía frotándose la pierna, que se deshacía en polvo. Me ha mirado con delicadeza y me ha sonreído desde la lejanía de unos ojos diminutos que se perdían en las cuencas oscuras de su calavera. 

—Ya entiendo lo que me pasa, Pere —me ha dicho—. ¡Es que a mí me incineraron!

No sé si esto encaja con la idea de una genuina comunicación con el «otro mundo» o es, simplemente, fruto de mi imaginación. Lo cierto es que mi sueño confirma lo que he dicho más arriba y explica bien lo que significa existir. Mi amigo Juan ya no está con nosotros y, seguramente, su recuerdo tampoco permanecerá imborrable para siempre. Sin duda desaparecerá con el tiempo, incinerado sin remisión en esa fogata de estímulos permanente que constituye la vida de vigilia. Su imagen deshaciéndose en polvo ilustra que alguna vez fuimos sólidos y luego pasamos a ser figuras evanescentes en la mente de otros, figuras que mantendrán su forma  mientras los hilillos del recuerdo —esas conexiones neuronales de las que hablamos antes— no se pulvericen en quien nos conoció. Una vez pulverizadas, aquí paz y después gloria.

[1] Patrick Harpur: Realidad daimónica (Atalanta, Barcelona 2007) y La tradición oculta del alma (Atalanta, Barcelona, 2013). 


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