Mi gran noche

Relatos bochornosos

 

La Caligari FilmBühne estaba repleta, se puede decir que el ambiente era el de las grandes ocasiones, si supiera cómo son las grandes ocasiones en una sala de cine alemana como la Caligari, pero desde luego no se veía ningún hueco en el patio de butacas, lo que parecía el preámbulo a una gran noche, más bien, mi gran noche. Se puede decir que Wiesbaden respondió a la llamada del Séptimo Arte: jóvenes y menos jóvenes, hipsters y menos hipsters, además de cinéfilos, reconocibles estos últimos por dar la mano blanda y hablar raro. En resumen, gentes llegadas de todos los rincones del estado de Hesse, donde se celebraba la 28 edición del Exground Filmfest. Y ahí estaba yo, un tipo del barrio de Tetuán, con un ligero problema de retención de líquidos, a punto de que todos comieran de mi mano gracias a un cortometraje que iba a cambiar sus vidas.

Suena bien, ¿verdad? Todo esto ocurrió hace unos años, acababa de terminar mi último cortometraje (“Anywhere”, lo pueden ver en Internet), que estaba en su recorrido por festivales. La primera selección importante fue en Alemania, así que me sentí como Almodóvar, pero sin chicas con su apellido. A falta de troupe, me acompañó una pareja de buenos amigos (Óscar y Bea), por eso de sentirme más arropado.  Al llegar al festival nos presentaron a Andreas,  su director  y maestro de ceremonias, que nos recibió cordialmente. El tipo parecía sacado de una filmoteca del Berlín Este, en plena Guerra Fría, moviéndose con cierta desgana vital, con unas gafas ochenteras que parecían delatarle como antiguo funcionario de la Stasi y el pelo de la cabeza en clara retirada, salvo en la nuca, por donde le caía una graciosa media melena al mejor estilo Santiago Segura.

La sala Caligari, como dije al principio, estaba repleta, algo destacable teniendo en cuenta que Wiesbaden es una ciudad pequeña. Mi corto lo iban a proyectar antes de un largometraje español titulado “Tiempo sin aire”.  Previamente estaba programada una selección de cortos  a concurso, donde los directores y directoras, además, respondían a las preguntas del público. Mi pensamiento, en lugar de atender a las existenciales reflexiones de mis compañeros,  intentaba refrescar unas frases en alemán con las que pretendía ganarme al público en la presentación. Fue un compañero de trabajo, que estudió en el colegio alemán, quien me había traducido dos sencillas e hilarantes líneas : “Guten Abend. Danke. Thank you. Ich bin sehr froh hier zu sein. Mein Deutsch ist ein wenig eingerosted”. O sea: “Buenas noches. Gracias. Gracias. Estoy muy contento por estar aquí. Mi alemán está un poco oxidado”. Lo sé, lo sé…

Por fin terminó la proyección de los cortos a competición, así que esperaba que, pese a ser un día laboral y estar en la “locomotora alemana”, se quedase bastante público. Pero de pronto todo el mundo desapareció y solo quedaron mis amigos, más tres o cuatro espectadores despistados. Aprovechamos la masiva deserción para acomodarnos en las primeras filas, pensando que la gente regresaría más tarde o más temprano, cuando Andreas entró en la sala dispuesto a presentar la proyección. Se puso frente a los cuatro gatos que quedábamos y empezó a hablar en inglés. Mientras, yo seguía interiorizando mi discurso (Guten Abend. Danke. Thank you. Ich bin sehr froh hier zu sein…) como si de un monólogo de Martín Santos se tratase. Andreas se disculpó diciendo que nadie del equipo de la película había podido acudir (cabrones), pero que, sin embargo, contaban con la presencia del director del cortometraje que se iba a proyectar previamente (… mein Deutsch ist ein wenig eingerosted, seguía yo por lo bajinis). Entonces el director del festival dijo mi nombre, algo que entendí como una señal para acudir donde se encontraba. Así que elevé la mano de manera estúpida, como si la masiva afluencia impidiera localizarme, y me incorporé del asiento para dirigirme hacia donde se encontraba el maestro de ceremonias, cuando de repente la alegre melenilla de éste se giró hacia un lado y se marchó por donde había llegado, pensado en sus cosas, dejándome a medio camino del escenario, para que, a continuación, se apagasen las luces.

Pude rebobinar un poco, me explico: al ver la huida de Andreas, tuve tiempo de retroceder sobre mis propios pasos, como si fuera una mezcla entre el Moonwalk de Michael Jackson y Chiquito de la Calzada, pero marcha atrás. No sé si me vio alguien, bueno, sí, mis amigos,  junto a los tres o cuatro que allí seguían, y con toda seguridad mis antepasados muertos que, desde el Más Allá (no tienen mucho que hacer, conozco a la familia), fueron testigos de excepción del movimiento ahora conocido como “Chiquito en la oscuridad”. Durante la proyección empezaron a asomar en mi interior preguntas cargadas de existencialismo, pero del bueno, no como el de los cortometrajes de mis apreciados colegas: “¿Qué demonios he hecho con mi vida?” “¿En qué momento decidí hacer el canelo?” Y, sobre todo, “¿por qué cojones no me hice fresador en los 90, cuando era una profesión de éxito?”.

Andreas entró de nuevo con su caminar cansino y su grácil melena al viento para someterme al cuestionario de rigor. En la sala permanecían los mismos de antes, pero con gesto de querer tomarse urgentemente una cerveza. Mi mente, ya resignada, estaba en blanco, en Marte o seguramente en Murcia, pero desde luego no estaba en Wiesbaden.  Andreas husmeó si alguien tenía alguna duda irrefrenable, pero en esa sala lo único que se escuchaba era el revoloteo de un moscardón, seguramente del tiempo de entreguerras. ¡Y así terminó mi gran noche!

Más tarde, mi amigo Óscar me regaló una frase que resumía perfectamente lo acaecido: “Toda expectativa excesivamente sublimada es un boleto para la decepción”. Su novia Bea, más terrenal, me consoló lo mejor que pudo: “¡No puedes hacerte tantas pajas mentales!”. Chiquito, inmortal, me hubiera dicho: “¿Te das cuen?”.


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