Mercado de ángeles

Cruzando los límites

 

Los ángeles tenían un aspecto deplorable. Llenos de tatuajes, estaban junto a la pared del templo, donde se amontonaban sacos de sal, conchas, frutos secos, legumbres, especias y herramientas de obsidiana. En las escaleras de acceso al pórtico, se encontraba el mercado de las vírgenes. La mayoría eran rubias y de piel muy blanca, aunque las más valoradas eran la media docena de pelirrojas con las mejillas punteadas de azafrán, junto a la puerta de madera tachonada con la piel contraída de los rostros de los pecadores. Los clientes merodeaban por la plaza, gente de tez nívea que conocía su destino y podía permitirse el lujo de comprar una de aquellas doncellas o tal vez, si aparecía, un dulce efebo de labios encendidos y ojos negros.

El arcángel era el amo de aquella localidad a medio camino entre el cielo y el infierno, donde ángeles y demonios venían a intercambiar desechos humanos. Los suicidas teníamos que pasar un tiempo en aquel mercado a la espera de conocer otro destino. Puesto que no tenía otra cosa que hacer, ofrecía a los nuevos las mercancías más diversas: vais a estar aquí un tiempo, les decía, y hasta que se abran las puertas y los ángeles decidan si merecéis el cielo, el infierno o algún que otro quebranto, yo os puedo orientar en este bazar. Si deseáis compañía, en las puertas de las iglesias hay vírgenes procedentes de las grandes llanuras evangélicas, que han sido devueltas aquí porque su ángel ha decidido que tienen que perder la inocencia antes de acceder a la felicidad. En el paraíso, deambulan desorientadas junto a leones y panteras que han olvidado su ferocidad sin saber qué hacer con el resto de su anodina existencia. Os aconsejo que no salgáis de la ciudad, pues en este purgatorio las bestias recuperan el deseo de matar.

Un día, el arcángel me mandó llamar. Aquel ser era deplorable, con el cuerpo completamente cubierto de dibujos atroces y unas alas grandes de plumas sucias y desgastadas que chocaban con las paredes de su angosto antro. Te ha llegado la hora, me dijo. Has hecho méritos para un viaje al infierno. A las puertas de Jericó seguirás el camino de Sodoma. Y añadió, a modo de justificación: no has hecho honor a tu nombre ni a tu vida. Tu padre era un honrado predicador y tú te convertiste en un músico vagabundo. En ese arte, alcanzaste la perfección, pero odiabas el dinero y no divulgaste ese don. Viste al diablo en Tallin, porque le gustaba ver cómo extraías magia de las cuerdas de una guitarra. Se presentó a ti en la plaza donde pedías dinero, caminando sobre los adoquines, como cualquier otro ser humano. Te dijo: tanta belleza desperdiciada únicamente puede proceder del sufrimiento y merecerlo en mayor grado. Te quiero en mi infierno.

El demonio, cualquiera de ellos, no así los ángeles, era extraordinariamente elegante. Una noche, cuando aún estaba vivo, aquel ser infernal me ofreció una visión del paraíso: el reino de los ángeles, un lugar sin tierra lleno de almas perdidas, poseídas por una falsa felicidad que se ondula como un campo de tréboles ante una brisa perpetua y constante; me hizo saber que una parte de los siervos angelicales de aquel dios sin presencia tenía como misión reinventar a los inocentes, para que volvieran a tener la posibilidad de elegir otro destino: un lugar donde podrían sentir el placer de ser amados, inundados de placer o quebrantados de dolor, acariciados por el aliento de otro ser humano u odiados por las mismas manos, pues tanto en el infierno como en la tierra florecen todos los sentimientos y emociones que se niegan en las praderas de un cielo desprovisto del ardor del fuego.

Después de Tallin, perdí todos los beneficios de estar vivo. Mi arte se esfumó, me abandonó el don que alentaba mis dedos. Vivía en la calle, pero esta vez ya solo buscaba compasión, y más de una vez me rescataron los amigos de mi padre. Estaba solo. Sin música no hay misericordia, me quedé con el horror, la marginación, el alcohol que laminaba mis pensamientos. ¿Qué había sido yo? El músico que crea belleza frente a un vaso de cartón; comía en un portal o en un banco bajo un pálido rayo de sol y vivía en casa de una amante; era un creador que no quería triunfar, que ni siquiera gestionaba sus limosnas; un ángel caído que había renunciado a las alas hasta que perdió también su identidad.

Me arrodillé delante de un tren para volar hacia la oscuridad, sin saber que tendría que pasar un tiempo en Jericó, la ciudad donde los ángeles llevan a los inocentes que secuestran de su propia estupidez, apartándolos de las praderas donde el león mira a la gacela con ojos de cordero, mientras esta es incapaz de discernir que su más feroz enemigo es la última reencarnación de un pecador que ya ha saciado su hambre de dolor. El león quisiera redimirse, pero en las praderas del paraíso solo queda para él una cosecha eterna de odio y redención.

A las puertas de Jericó tomé el camino de Sodoma, pero, cuando vi sus abigarradas construcciones en la cima de un monte, una bola de fuego cayó del cielo y la ciudad ardió en llamas como una antorcha en medio del desierto. Me crucé con un grupo de gente que huía a toda prisa. No mires a la ciudad, me dijo un hombre con los ojos llenos de lágrimas. Mira lo que le ha pasado a ella. Vi a una mujer convertida en estatua de sal y pensé: ese es mi destino. Y me quedé contemplando las llamas que se retorcían por encima de las murallas, el baile de los espectros, ensalzado por el grito inarmónico de los condenados y el aullido enfurecido de un dios todopoderoso que hacía temblar la tierra, mientras sentía el calor de aquel inmenso fuego que convertía mi cuerpo en la misma sal que cubría aquel suelo reseco, y mi conciencia se fundía como un pedazo de hielo en el seno del océano hasta desaparecer como se extingue el sonido de una guitarra cuando se alzan los dedos y se apaga el incienso. Aunque eso ya había pasado hacía mucho tiempo.


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