Me matas

Rincones oxidados

 

Me muero y es por tu culpa. Tú lo sabes, yo lo sé y por eso no es necesario mencionarlo, pero el dramático espesor de las verdades incómodas está en aire. Y en la boca de mi estómago. Sobre todo, está en mi pecho. En el mío; en el tuyo, no. Según van pasando los días se me empequeñecen los pulmones y las costillas les vienen grandes, sin embargo, todo indica que esta situación solo me afecta a mí. Me muero porqué me estás matando y te busco los ojos desesperadamente esperando ver, aún, algo de nuestro cariño en ellos, los cascotes de un amor que creíamos incondicional, una pequeña sombra de desconsuelo, un ápice de arrepentimiento. Es en balde, ya barres los escombros. Tú callas como si el crimen que estás cometiendo no fuera contigo. Solícita miras el gotero, lo regulas, me pones el dorso de la mano sobre mi frente, me subes las sábanas hasta la barbilla y me besas en la boca. En los labios solo. Protocolariamente. Intensificando el frío.

Recibo los besos esperando que les siga un “lo siento”, una explicación, una mirada empática, algo de respeto. Anhelo un cambio de sentido, de rumbo, de actitud. Sin embargo, lo único que consigo arrancarte es un “…y lo jodido es que te quiero” y sigues besándome perversamente y sin pasión. Tu crueldad me duele más que la muerte. Tu mirada ya está en otra parte, donde quiera que sea.

Escondes lo que me das en tu bolso. Lo abrí y lo encontré. No está bien rebuscar en lo ajeno, pero las sospechas son caníbales y te embrutecen. Descubrir el frasco fue un mazazo en las sienes. Al momento se me nubló la vista, se secó mi garganta y aun así te grité —¡Mira! —, alzando ante tus ojos la botellita que temblaba entre mis dedos. Apenas podía sujetarme a mí mismo, tanto pesaba mi asombro.

—Bien, ahora ya lo sabes—me dijiste, solo. Ni media palabra más. Y te vi marchar vestida de un cinismo que yo no merezco y que a ti te sienta impropio, colgándote del hombro tu bolso nuevo. Dentro, el veneno.

Ni una sola vez giraste sobre tus talones, o me buscaste por el rabillo del ojo. Simplemente yo me puse delante de ti obligándote a verme roto, sujetándome en la taza, con la cara metida en el inodoro, convulsionándome hasta arrancar ráfagas de vómito después de cada quejido. A ti no te interesó hacer balance de las roturas.

El vómito siempre cae en el vacío. Luego, el vacío no existe. Solo queda el vértigo y el frío del suelo que se desvanece. Sin embargo, por dolorosa e inverosímil que sea ¡cuánto consuelo da saber la verdad! Ensamblar las piezas imposibles, por fin, te devuelve la cordura, ¡Qué triste!

—¡Duele una barbaridad!

—Creo que deberías ir al médico —dijiste expeditiva, y fuimos. No te delaté. No te creía capaz de llevar tu delito tan lejos, que persistieras en tu empeño hasta las últimas consecuencias, que realmente estuvieras dispuesta a perderme. ¡Con lo que tú y yo, hemos sido! Creo.

Entrarán hoy, como todas las mañanas, una horda de médicos inquietos que te verán a mi lado sin saber qué decirle a la futura viuda, esperando tu reprobación ante su incompetencia.

—¿De verdad no saben lo que tiene? — les dirás, y bajaran la vista ante ti. Buscaran disculpas escondiendo los ojos entre las hojas de los análisis y de las pruebas, esperando que al levantar la vista obtengan tu comprensión cuando contesten que no, que no dan con el origen de mi dolencia. Bajaran la voz, como si así, yo no pudiera oírlos y me evitaran sufrimiento. Y toda la humanidad de esta habitación se concentrará en ese momento y desaparecerá cuando crucen la puerta y se vayan.

Tal vez será hoy cuando me subleve. O a lo mejor hoy tampoco. Quién sabe si podré resistir la tentación de decirles “¡miren en su bolso!” y ponerle fin a esto, o si en el momento de la verdad desperdicie de nuevo la ocasión de denunciarte y salvarme.  ¡Qué forma más cobarde de ahorrar energías, reservar el aliento, aguantar unos días más y no perderte aún!

Aguardaré otro día. También hoy me beberé el agua que me des, buscándole un gusto raro; haré de la comida un bolo de sospechas y me tragaré lo que venga hipnotizado por ese venenoso brillo que veo en tu mirada cuando miras hacia otro lado. Tal vez sea hoy el día en que te arrepientas.

Tú te refugias en tu silencio. Bueno, pues yo no y te confieso que, si mañana doy el paso al fin, si acaso señalo con mi índice cobarde tu bolso no será por lo que me duele la muerte en el estómago, en las venas, en las articulaciones, en las cuencas, en el cráneo. Lo que más me duele es ese brillo en tu mirada cuando tu mente viaja por el aire vacío, más allá de la ventana del hospital; esa media sonrisa que se te escapa cuando, ensoñada, resigues con tu índice las gotas que se han condensado en el cristal, imaginando un caminito que yo no sé hacia dónde va; esa ilusión por vivir un mañana sin mí me duele horrores.

Y que no te importe en absoluto es lo que me está matando.


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