Material de oficina

Ultramarinos y coloniales

 

Tetas. Tetas por doquier. Oscilantes, bamboleantes, todas ellas gigantes, contoneándose a cámara lenta. Un imaginario paraíso en donde las nubes se dibujan en forma de pechos femeninos de todos los tamaños y formas impensables. Eso es lo que anhela Monti, con la mirada perdida en el cielo azul y contaminado de Madrid, lo que sueña despierto mientras se echa un cigarro en la puerta de la empresa para la que trabaja, ganadora “legal” de todos los concursos público-administrativos, una industria cárnica donde todos cobran el salario mínimo interprofesional.

Ese mundo de fantasía lleno de glándulas mamarias es el momento que sirve a Monti para tomarse un respiro del constante goteo de llamadas y correos electrónicos de sus múltiples superiores, tanto de la propia empresa, como del cliente, un organismo público para el que lleva trabajando como sub-contratado durante dos largas décadas, casi toda una vida. Ya poco queda de aquel chico con gesto pícaro y aspecto “canallita”, recién llegado del barrio, que alteraba en sus inicios los estrógenos de funcionarias políticamente correctas que deseaban ejercitar sexualidad transversal con él, por eso de probar el sabor salvaje del suburbio, pero que ahora se ha convertido en un aburrido y responsable coordinador.

—¡Quién te ha visto y quién te ve!— le dicen a veces los  colegas del barrio.

Es el sostén de todos, de los de acá (la empresa) y de los de allá (el organismo). Es el padrino de dos familias que le han acelerado las canas, la delgadez y las ojeras. Tiene una familia real, la auténtica, la formada por la novia de toda la vida y sus dos hijos pequeños, o “los salvajes”, como le gusta denominarlos. En cuanto a la familia postiza, es decir, la laboral, es una pesadilla aún peor que sus hijos, gracias muy especialmente a una persona: su jefe inmediato en el organismo. Un engolado, fatuo, peripuesto, pedante y sibilino funcionario que satura de correos la bandeja de entrada del Outlook de Monti, incluso fuera del horario laboral, cuando este intenta domar a su asilvestrada progenie para que cene y se meta en la cama. Y no se crean que molesta por cuestiones urgentes, la mayoría de las veces es por cosas absurdas o caprichosas, que a veces bordean el ridículo, y otras el delito, como el maquetado del máster que está haciendo (“creo que esos gráficos están mejor en color pastel, ¿no crees?”).  Por supuesto, el burócrata maquilla una orden que no puede dar, siempre por teléfono, haciendo comprender al coordinador sub-contratado que es por el bien del organismo y no para beneficio propio. Así que, Monti, resignado, tiene que poner a trabajar en ello a un pobre millennial / milenial que sobrevive con 900 euros mensuales.

Para Monti, y el resto de externos, los jefes del organismo no son más que una cuadrilla con oposición a los que únicamente les preocupa su estatus, los moscosos que les quedan, las dietas de los viajes y figurar los primeros en cuanto a resultados, aunque el trabajo sucio lo hagan “los otros” (los externos). Y si hay un motivo (de los muchos) por el que Monti estrangularía al pretencioso funcionario, aparte de por el asuntito del máster, es por esa forma amanerada que tiene de criticar el vestuario de sus resignados sub-empleados, empezando por él mismo y las menciones sobre sus camisas de cuadros, las mismas que lleva con orgullo desde los gloriosos años noventa.

Así que a veces sueña con que regresa al barrio, que vuelve a las correrías con “el Chinas”, “el Orejas” y “el Rata”, aquellos colegas que se perdieron en el tiempo, cuando él decidió seguir un camino convencional de trabajo y familia; pero ahora solo le toca tragar, tragar y tragar. ¿Por qué no acabó en una clínica de desintoxicación? Ahora sería uno más de esos enganchados a la metadona que deambulan por la línea 5 del metro. Lo peor es que, cuando Monti ve a esos fantasmas del pasado caminar sin rumbo fijo, no siente pena por ellos, sino cierta envidia.

Ya solo le quedan las ensoñaciones sobre bufas gigantes, asimétricas, caídas, firmes, separadas, juntas o precipitadas. Así imagina Monti que es el cielo azul y contaminado de Madrid, mientras echa el piti de rigor junto a los ceniceros plagados de colillas que adornan la entrada del edificio de su empresa.

—Oye, Monti, habría que hacer un pedido de material.

Y las domingas se desinflan en la imaginación de Monti, vuelan como un globo descontrolado hacia ninguna parte; entonces se da cuenta de que frente a él se encuentra Inma, una jefa de equipo a la que respeta profesionalmente, pero con la que tiene que controlarse para no bajar la vista hacia sus poderosos pechos. Inma le sorprende a veces mirando su escote y se lo toma a mal, obviamente, pero también sabe lo que lleva tragando desde hace más de una década, cuando le nombraron coordinador del proyecto. Desde entonces Monti tiene que dar la cara por todos los externos, llevándose siempre todos los palos, mientras los jefes reales de proyecto solo se dedican a chequear que la facturación cuadre en una tabla excel, con el mínimo de gastos, especialmente en salarios dignos. Todo eso lo sabe Inma, mientras espera una respuesta a su petición de material, que desde hace tres años nadie tramita, así que se ve obligada a robar los pósits de las mesas de otros proyectos con los que comparte la gigantesca y deshumanizada planta de la empresa, como si el centro de trabajo se hubiera convertido en un páramo de supervivencia a lo Mad Max.

—¿Me has escuchado?

Monti cuida de que su mirada no baje ni un milímetro hacia el pecho de Inma, pero hoy no es necesario, se encuentra perdido, cansado, harto de cabrones con corbatas (la empresa) o de cabrones vistiendo “casual” (el organismo); parece ido, colocado, bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica por la que pagaría ahora mismo la mitad de la nómina que no le suben desde hace diez años.

—Lo miro— y entra en el edificio, dejando a Inma con dos palmos de narices, sabedora de que tendrá que seguir robando sine die el material de oficina.


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