Materia oscura

Cruzando los límites

 

De un extremo a otro del planeta, entre la salida y la puesta de sol, en el día y en la noche, en las trincheras y en las escuelas, en las celebraciones y en los cónclaves, en el juramento y en la ensoñación, todos los seres sintieron que se ondulaban como si su propio cuerpo fuera la superficie del mar, y miles de millones de conciencias cambiaron de lugar. 

Vico y Selina se encontraban en Zambia, en un resort en medio de la sabana, en viaje de novios. Al atardecer, vieron una ondulación que recorría el cielo y la tierra como si alguien hubiera hecho un truco cinematográfico y el mundo se hubiera doblado y desdoblado súbitamente. En un instante, el aire polvoriento que teñía de rojo la puesta de sol se convirtió en una superficie acuosa interminable.

Como si se acabara de despertar de un sueño, Vico se dio impulsó y se desplazó en el agua con la suavidad de su nueva envergadura de cetáceo. En pocos segundos, su vida anterior de ingeniero de comunicaciones que trabajaba en una gran ciudad quedó disgregada en el leve recuerdo de un piso lujoso en Central Park, un despacho en Park Avenue y la cabaña de un resort frente a una extensa sabana poblada de antílopes. 

Sin más razón que el poder hacerlo, se adentraron en las profundidades.

Mientras se deslizaba, Vico contempló a su esposa, convertida en un esbelto delfín de piel azulada. Selina era ingeniera aeronáutica, o lo había sido antes de convertirse en aquella figura diseñada para adentrarse en los mares. Miraba sin mirar las praderas oceánicas y los bancos de peces, aun sin comprender aquel nuevo horizonte que había irrumpido de pronto en sus vidas. 

Observando el baile sincronizado de los arenques, sintieron la unidad de pensamiento en los cardúmenes y el brillo cegador del miedo en la danzante luz de sus aletas. Supieron al unísono que algo pasaba y decidieron subir a la superficie.

Nadaron, dejándose acariciar por las burbujas de aire, escuchando y sintiendo los sonidos y las formas, una especie de eco que resonaba en sus mentes y que perfilaba el fondo oceánico, los corales y los bosques de algas, las nubes de peces, las ballenas, los tiburones, los demás delfines y todas las criaturas que poblaban la oscuridad, como si pudieran sentirlo todo sin más contacto que el roce del agua.

Cuando emergieron a la luz del sol, una sombra gigantesca que procedía de un volcán estaba ennegreciendo la plateada superficie del mar. En la orilla, se agrupaban miles de animales salvajes, pero ninguno trataba de dar caza a los demás. Huían de una inmensa nube de fuego que se agrandaba en el horizonte a sus espaldas. El cielo rebosaba de pájaros alborotados que gritaban sin cesar, y entonces se dieron cuenta de que el mar se calentaba, presagiando un horrible final.

Antes de que tuvieran tiempo de lamentarse, otra ondulación del espacio-tiempo como la anterior barrió el horizonte. La nube relampagueante del volcán se convirtió en un mar de estrellas, y se encontraron flotando en algún lugar lejos de cualquier mundo, frente al inmenso remolino de la galaxia. 

Vico sintió todas las formas que lo rodeaban, y descubrió que estaba rodeado de miles de millones de seres sintientes, aunque no podía verlos ni adivinaba sus contornos. Al volverse hacia Selina, vio su transparencia en las estrellas, el universo entero, las galaxias y un pequeño mundo que estaba ardiendo, del que procedían ellos. 

Por un momento, presintieron, sin saber por qué, que estaban encerrados en una cárcel de almas, pero luego adivinaron que formaban parte de la materia oscura del universo. Selina avanzó una de sus manos hacia él. Vico sintió el escalofrío de su contacto. Al fin, descubrió sus ojos pequeños, centelleantes, que tal vez solo servían para ver la oscuridad y el lejano brillo de las estrellas.

Poco a poco, a medida que aquellos ojos crecían y tomaban forma, ella iba trazando con las manos el contorno de su cuerpo. Vico sintió que estaba detrás de un cristal, que la tierra estaba ardiendo, que todas las almas habían ido a parar a aquella gran nave espacial donde la luz no era necesaria y que el espacio estaba lleno de los cadáveres de todos los mundos que habían desaparecido, que la negritud del universo era un océano de almas intangible.

De pronto, sintió un escalofrío aterrador que lo dejó petrificado, intentó coger aire, entreabrió los ojos y se encontró en el suelo borroso de una balsa, sintió el sabor de la sangre y un borbotón de agua salada se coló entre sus labios, pero también sintió cómo todo lo que había aprendido y que era su esencia se desprendía de él, los antílopes se alejaban de su memoria, las praderas y el fondo del océano desaparecían de su conciencia, las personas que conocía se esfumaban, su piso y su oficina ya no formaban parte de su vida. Supo que en cuanto empezara a llorar sería otro ser, resistió tres revolcones, pero con la cuarta ola también vio los dientes de su madre cortando el cordón umbilical y en su profunda mirada le decía que todavía no era él. Con la quinta ola, la balsa volcó, y en el instante en que creía ahogarse, una inmensa nube de seres y todos sus conocimientos se introdujeron en su mente. Supo, entre otras cosas, que estaba en el mar Mediterráneo, y que en aquellas aguas, que había conocido antes, estaría a salvo. 

Quien hacía una veintena de siglos se presentó entre los seres humanos como el Redentor, había vuelto a nacer entre Libia y Sicilia, y, aunque su cuerpo fuera de este mundo, no lo eran su espíritu ni su alma. Había vuelto para continuar un trabajo que se quedó a medias: alimentar el ego de los nativos para darle un vuelco a una historia de autodestrucción que presentaba indicios de no acabarse nunca. Pero esta vez no vendría como el Salvador, sino transformado en un negro demonio que abriría puertas que no se podrían cerrar fácilmente. La extinción vendría de la mano de la ruptura de muchas cadenas, y cada una de ellas sería una condena.

Cuando el niño llegó a las costas de Italia, ya le esperaba, temblorosa y arrodillada, una cohorte de admiradores dispuestos a entregarle su sangre y a que corrieran ríos para alimentarle.