Malas compañías

Lógica (pati) difusa

 

Hubo una época en la que Lovecraft era lectura compartida con un grupo de amigos en nuestros encuentros, casi siempre en excursiones por la montaña. Nos dedicábamos a citarlo, recrear sus personajes y parafrasearlo. Chulthu y El Wendigo eran nuestros preferidos. Nos gustaba, sin venir a cuento, clamar: ¡Ah, mis ardientes pies de fuego! Y así pasábamos el rato hasta que llegaba la noche y pocos se atrevían a levantarse de las literas de los refugios para ir al baño. Por si El Wendigo merodeaba.

Desde esa tierna edad, al final de la adolescencia, no he vuelto a Lovecraft, pero este verano he leído a uno de sus discípulos: Thomas Ligotti, un escritor que sigue la estela del relato tenebroso inolvidable, del que nace un terror sin sangre ni sierra eléctrica. El horror de lo  incomprensible, de aquello que no vemos pero que sabemos que está ahí, echándonos su aliento mortal en la nuca.

En La Conspiración contra la especie humana, Thomas Ligotti desarrolla su tesis contra el engaño colectivo (es su afirmación) e intenta demostrar la estupidez y el sinsentido de la vida humana. Desnuda la conspiración que ha arrinconado a pensadores que se han reído del canto a la vida, porque tal don es un invento para ocultar la inutilidad de la existencia humana. 

Ligotti escribe bien, reflexiona muy bien y es un placer dañino leerle. Se carga el pensamiento positivo y las invocaciones para disfrutar de la vida porque es un regalo maravilloso. Al contrario, advierte de que estamos fascinados por la quimera de la felicidad merecida. Esa fascinación esclaviza; por eso, a él, las alabanzas y las promesas de una vida de provecho le chupan un pie. 

Es nihilismo, sí, y muy bien argumentado porque Ligotti tiene una parte considerable de verdad cuando destruye los sofismas sobre los que se ha levantado la cultura occidental. El sufrimiento, y la consciencia de su existencia, inevitable en toda vida humana, nos hace temerosos y maleables, dúctiles a discursos optimistas. 

Queremos promesas de una vida plena y feliz en el horizonte, a ella queremos llegar, aunque sepamos y sea inaceptable reconocer que nos espera la enfermedad, el deterioro físico y la muerte. No hay nada heroico en vivir.

Ligotti es una mala compañía que no ha podido con mi naturaleza optimista, aunque ahora soy como aquella protagonista del chiste, la que va a la psicóloga para que le cure una manía. Al cabo del tiempo se encuentra con una amiga que le pregunta por el tratamiento y nuestra protagonista contesta: sigo con la manía pero ahora me importa un pito. Esa soy yo.


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