Macbeth en bucle

Ahí está el detalle

 

El año 1948 Orson Welles dirigió Macbeth en tan solo veintiún días y con un presupuesto de setenta y cinco mil dólares. Una decisión un tanto imprudente, atendiendo a la dificultad del texto y a la laboriosa puesta en escena. Pero tras el fracaso en taquilla de La dama de Shanghai (The Lady From Shanghai, 1947), el cineasta necesitaba reivindicarse ante una industria que estaba harta de perder millones con todos y cada uno de sus proyectos.

Por este motivo, recurrió a una obra que conocía a la perfección para demostrar que podía ser un director económico a la vez que comercial. Y la paradoja era la siguiente: si bien Welles amaba sin tapujos a William Shakespeare, la primera vez que llevaba a la gran pantalla una de sus obras se trataba de un film de serie B. De hecho, se disponía a realizarlo en las peores condiciones de producción de toda su carrera, con el añadido que además de dirigir también asumía el rol protagonista.

Soberbia y temeridad conjugadas nos descubren a un cineasta capaz de lograr proezas extraordinarias sin apenas medios y de cometer errores insólitos con cinco largometrajes a sus espaldas. Baste como ejemplo aglutinador un primer plano de Macbeth, cuando recibe las condecoraciones que lo convierten en Barón de Cawdor. Tiene una duración de quince segundos, del 6’30” al 6’45”, y en este intervalo de tiempo, mientras observamos el estupor del protagonista al corroborar la profecía de las brujas, escuchamos en off su primera duda: “Si es buena, ¿por qué cedo a esa tentación cuya horrenda imagen me eriza el pelo, y hace que mi sólido corazón me golpee las costillas, contra la costumbre de la Naturaleza?”

Este fragmento está rodado con el protocolo habitual entre los cineastas que parten de una obra de teatro. Y es que tanto el primer plano como la voz en off suplen las limitaciones de la puesta en escena teatral, cuando un personaje está inmerso en un monólogo interior. Pero, en la ejecución, Welles cometió dos fallos técnicos propios de un amateur o de alguien con tanta prisa como imprecisión, tal y como sugiere el contexto del rodaje.

Justo al principio se aprecia como su rostro está ligeramente desenfocado, dado que se acerca demasiado a cámara; probablemente o no respetó la distancia preestablecida o ni tan siquiera tuvo marcas que se lo indicaran. Pero aún más grave si cabe es el error que le sucede, porque no es del todo cierto que el plano dure quince segundos de por sí. En realidad termina nueve segundos antes de que escuchemos toda la cuestión; por lo que se deduce que nadie calculó cuánto debía de durar para que luego encajara con el resto del metraje. Y a pesar de todo, se enmienda de una manera insultantemente sencilla. Tanto es así que se rellena el vacío con un fragmento del mismo plano ligeramente desenfocado tres veces seguidas, provocando una repetición acertada, incluso brillante, puesto que contribuye a realzar la naturaleza del personaje.

Macbeth vive desbordado por su prodigiosa capacidad imaginativa, y ante la presente coyuntura “todas sus acciones quedan sofocadas en suposiciones”, como nos advierte el propio Shakespeare. De manera que la momentánea reproducción en bucle de su rostro confuso se convierte en el recurso audiovisual más apropiado para resolver el problema de continuidad. Y además, contiene implícito el deseo que confiesa a continuación y que el film omite por redundante: “Si la suerte quiere hacerme rey, pues que la suerte me corone sin que yo me mueva”.

No se puede retratar mejor un desgarro emocional como este. La zozobra de Macbeth queda plasmada en estos pocos segundos, aunque, como proviene de un error incontestable, habrá quien valore la interpretación que aquí expongo como una lectura complementaria, que nada tuvo que ver con la intención primigenia del autor; y prefiera pensar que esta era, simplemente, la solución más práctica y menos invasiva.


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