Lugares comunes

Lengua de lagartija

 

Hemos visto que algunos autores “de culto” (no se sabe de culto a qué deidad), de esos que sostienen que la misión de un escritor es renovar el lenguaje e incluso reinventarlo, procuran para sus escritos construcciones semánticas originales y abominan de los lugares comunes y las frases trilladas. Craso error, y vamos a explicar por qué:

Supongamos que usted quisiera hacerse construir una casa. Sin duda sabe que abundan los establecimientos dedicados a la venta de marcos y puertas de ventanas; marcos y puertas para la entrada a la vivienda (todos prefabricados); molduras de yeso; paredes de imitación piedra y suelos de imitación madera de roble, así como módulos y demás. ¿Vale la pena que un arquitecto le diseñe piezas originales habiendo en el mercado tanta cosa ya hecha? Si usted quiere un hogar cómodo, económico y estandarizado, conviene que recurra a lo que ya está hecho.

Del mismo modo, en el amplio y popular mercado de los lugares comunes y las frases gastadas pero con buena salud, usted puede proveerse, sin coste alguno, de estructuras semánticas convenientemente enlatadas mediante las cuales podrá construir un relato, una novela o una carta de amor. Háganos caso: no se rompa el coco. Ahora que se publican y autopublican tantos libros, más que nada en el ámbito de la llamada literatura indie, los lugares comunes constituyen un económico y estupendo recurso. A modo de ejemplo presentamos el siguiente relato:

EL HOMBRE DE LA NEGRA NOCHE

Afuera la noche estaba oscura como boca de lobo. El grito de los búhos helaba la sangre y ponía los pelos de punta. No se veían felinos porque de noche todos los gatos son pardos. La víspera había llovido a mares y habían caído rayos y truenos, pero dentro del bar no cabía un alfiler. De pronto, la puerta se abrió de par en par y entró un nuevo parroquiano. Al ver su facha, los demás pusieron el grito en el cielo y alguien murmuró: “Para este viaje no hacían falta alforjas”. El recién llegado no parecía trigo limpio, pero una joven lo miró arrobada porque ya se sabe que el amor es ciego. Sin embargo, Fernández lanzó un grito que parecía salido del fondo de sus entrañas y dijo así al intruso: “¿Quién te ha dado vela en este entierro?” Ni corto ni perezoso el intruso replicó: “Donde comen dos comen tres”. Presintiendo que habría bronca, muchos asistentes se dijeron “Patitas para qué os quiero” y salieron de estampida como almas que lleva el diablo. El dueño del establecimiento tragó saliva y comentó “A nivel de asistencia no quiero trifulcas”, y es que el miedo no es tonto. Hubo puñaladas y corrieron ríos de sangre… roja. Por la mañana, Febo asomó entre las nubes luciendo todo su esplendor, como una bola de fuego, mientras en la pradera galopaban los corceles. Entonces el intruso, que era ave de paso, hizo mutis por el foro. Al llegar a la cinta de asfalto esperó a que llegara algún vehículo con motor de combustión interna. Esperó largo tiempo, y es sabido que el que espera desespera. Lamentó no haber tenido éxito, pero es vox populi que nadie es profeta en su tierra. Entristecido, cabizbajo, deprimido, lúgubre y abatido como una hoja mustia decidió poner fin a sus días, o sea: morir, de modo que sacó la pistola y con un disparo en la sien se voló la tapa de los sesos y encontró la paz anhelada, ya que feneció y quedó abatido al haberse suicidado al borde de la carretera que no lo llevó a ningún sitio, y eso que todos los caminos conducen a Roma. Pero, claro, este señor era cojo, y ya se sabe que el que mal anda mal acaba.


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