Los siete nichos de Francesc Canals

La sombra liberada

 

La primera vez fue durante un invierno. En las fotos voy cubierto hasta la cabeza y, conociéndome más o menos, deduzco más que recuerdo el frío que hacía aquel día, un domingo. Lo del domingo sí lo recuerdo. No recuerdo de donde me viene la afición por visitar cementerios. Pero recomiendo a todo viajero (incluso a cualquier turista) que no se pierda nunca la visita al cementerio de las ciudades o pueblos por los que pasa. Dicen que García Márquez sacaba los nombres de sus personajes de las lápidas de los cementerios. Yo lo hice alguna vez, y es muy recomendable: hay nombres redondos, sonoros o silenciosos, rimbombantes, antiguos, muy apropiados para un cuento aunque no sea de miedo. Hay lápidas que contienen una novela sintetizada en escasas palabras. Uno se da cuenta a veces, de que los esposos allí sepultados eran primos hermanos. A veces solo la fecha del deceso ya cuenta algo importante. Otras veces es el pequeño epitafio, o la frase votiva que estampó una esposa, un hijo. Quizás una amante. Las lápidas que ocultan el cuerpo de un niño producen un escalofrío, como esos juguetitos que le han dejado en el alféizar por si el muertito quiere jugar con el muñeco de peluche o el patito de goma que se marchita, tristísimo, guardián de la tumba. Hay patos de goma con una pata en cada lado del espejo y esos son como más serios a la par que más deslucidos.

Hay lápidas con fotos, y esas fotos aportan la psicología del muerto: un rostro agrio, una mandíbula solemne, una mirada furiosa, un gesto de bondad en la boca. Es una pena que se perdiese la costumbre de fotografiar al difunto. Dicen que la costumbre desapareció durante la Gran Guerra, ya que la gente se empachó con tanto muerto. Allí, entonces, empezó el ocaso de los muertos, que fueron desapareciendo del mundo de los vivos.

Va poca gente a los cementerios en los días comunes. Son espacios algo melancólicos pero apacibles. Aunque uno siempre anda con un cierto temor vago, irracional.

Llegué ante el nicho de Francesc Canals Ambrós ese domingo de invierno y me encontré a un vivo que barría el suelo ante el nicho con una escoba azul y rosa y muy viejecita. Iba vestido con ropa recogida de los contenedores, quizás de Cáritas. Su aspecto era miserable y estaba delgado en extremo. En sus ojos había bondad, una bondad cándida, una paz conquistada al finalizar la travesía de su infierno. Ciertas sustancias dejan huella en el cuerpo cuando son ingeridas durante largo tiempo, y el rostro no escapa al estigma. Me senté ante el nicho y entablé conversación con el hombre. Era un tipo agradable, parlanchín. Me contó que viene muchísima gente a visitar el nicho de Canals. De todas las partes del mundo, dijo. Rusos, apostilló, para demostrarlo. Vienen muchos gitanos, es verdad, le tienen mucha devoción al santet. Pero gente de todo el mundo. Latinos. Ayer estuvieron unos italianos.

Francesc Canals murió a los 22 y enseguida fue reconocido como un muerto milagrero, aunque dicen que antes, este chico que fue dependiente de los almacenes El Siglo de Barcelona, ya obraba grandes maravillas y predecía el futuro. Una vez muerto, son muchos los que testimonian las curaciones que se suceden tras rezarle. Su nicho está rodeado por otros seis que se han dejado vacíos para que la gente deposite sus ex-votos y sus papelitos con súplicas. Yo le escribo un deseo que no es para mí y lo introduzco en esa urna de cristal improvisada que hay ante la lápida. Le ofrezco papel y bolígrafo a mi interlocutor y él lo rechaza con un gesto veloz. No hay que abusar, dice. Yo le pedí y él me dio. Hay que ser comedido. La codicia no.

Saqué un par de fotos del nicho, y de los seis nichos adyacentes, llenos a rebosar de estampas, muñecos, dibujos infantiles, objetos cotidianos y misteriosos (un peine, un zapatito, velones, vírgenes de plástico, flores, medallitas, unas gafas, piedras, monedas de países lejanos). Luego me marché. Me di la vuelta antes de doblar la esquina y el hombre de la escoba me saludó con la mano, y la otra asida a la herramienta que representa su agradecimiento humilde.

He visitado la tumba dos veces más. El hombre de la escoba no estaba y me pregunté por él. Me acordé de que, el deseo que le escribí al santet en mi primera visita, se refería a él y me pregunté si no sería que el santo había obrado el milagro de darle una vida mejor. O el cielo de los justos a quien ha vencido al infierno provisto de una escoba de plástico vieja y ajada, su lanza de héroe mitológico. O una muerte buena.


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