Los siete magníficos y la resaca millonaria

Cruzando los límites

 

El primer día, tienes la sensación de que te crucifican, con los brazos y piernas atados a una equis de madera, como en aquellas historietas de Conan de Cimmeria, cuando el héroe es abandonado a su suerte en un desierto donde solo medran los cuervos, pero no tenéis por qué preocuparos, yo os ataré a una blanda cama con correas de fieltro.

Cuando descubráis que nada puede dañaros, que ni el dolor de los clavos, ni el calor, ni los cuervos que os arrancan los ojos os hacen daño, sentiréis que tenéis el poder y que nada puede derrotaros, que después del hambre y la sed seréis más fuertes. La ceguera solo es un camino hacia la verdadera percepción. El segundo día, os arrancaré la piel; el dolor será insoportable, pero no será más que un camino, muslos y brazos en carne viva te abren nuevas perspectivas. El tercer día, os descarnaré el rostro, pues nada será necesario en vuestra nueva vida y en cada etapa del dolor alcanzaréis un umbral de placer mayor. El cuarto día, os arrancaré la mandíbula inferior y la entregaré a las hienas; sentiréis sus risas mientras merodean y los crujidos mientras devoran vuestras muelas. Nada tendrá ya importancia, porque nada volverá a ser relevante. El quinto día, os arrancaré los músculos de los brazos, las piernas, el abdomen, lo que quede del rostro, con delicadeza, para evitar el colapso, respetando los pulmones y el corazón, pues la sangre y el aire tienen que seguir bombeando para que sigáis vivas y conscientes. Os acercaréis al límite del placer. El sexto día, eliminaré los apéndices menos vitales, los dedos de manos y pies, y vuestros intestinos quedarán al descubierto, vacíos y del revés, pues ya no habrá nada que esconder. Y el séptimo, alcanzaréis el éxtasis de los santos, será como cruzar las puertas del paraíso, os convertiréis en seres de luz sin ninguna preocupación, con la felicidad como única opción, otorgada por el propio Dios y para toda la eternidad. 

El séptimo día, cuando despertaron, Diane y Norma se tocaron el cuerpo, buscando todo aquello que creían haber perdido; podían ver, tenían piel sobre la cara,  la mandíbula, los dientes y los dedos estaban en su sitio, el abdomen estaba cerrado, el vientre plano; la carne, humeante por haber viajado más allá del sol, más allá de Tannhäuser y de la realidad, y haber vuelto sanas y salvas del corazón de alguna estrella en erupción, con la convicción de que las puertas del paraíso se esconden detrás del astro rey y son imperceptibles. Habían perdido siete kilos cada una, estaban demacradas porque se habían mantenido únicamente con el suero fisiológico que yo les había suministrado. Tardaron un día entero en recuperar la movilidad. 

Así es como había preparado a mis dos modelos estrella para uno de los desfiles benéficos de la semana de la moda de Nueva York. Diane y Norma estaban perfectas en aquellos momentos, los huesos de la cara dispuestos a romper la seda de una piel extremadamente fina, rodeando unos ojos tristes y cansados que suscitaban emoción, las piernas menos musculadas y más femeninas que nunca, el estómago hundido, los huesos de las caderas prominentes. Parecían esqueletos de alienígenas recubiertos por una piel ardiente y sedosa como la ceniza de un volcán en erupción.

Quería esos cuerpos bañados en sudor. Organicé un desfile en que la pasarela ardería con casi cuarenta grados de humedad, mientras que un baño de frío cubriría a los asistentes. Puse unas gotas de mi droga de consumo diario, la trimaclina, en los cócteles que entregamos a todos los asistentes e hice que las modelos desfilaran muy despacio, dando tiempo a que la transpiración cubriera sus cuerpos, a que los vestidos se pegaran a la piel, a que las gotas de sudor emergieran a través de las telas, como si brotara de estas. Ese era el premio de mis tejidos, que en lugar de mojarse dejaban traslucir gotitas de sudor henchidas de feromonas. La tela traspasaba su olor, intenso, siempre diferente.

Al cabo de una hora, con todo el público extasiado por la trimaclina y embotado por los olores sexuales, dejé que Diana y Norma salieran contoneándose tras el resto de las modelos. Con la resaca de los siete magníficos, parecían princesas de una obra de fantasía. Las caderas, los hombros, los brazos y las piernas libres al viento, el resto, tonos de coral marino, diademas en la frente buscando atraer la mirada hacia los ojos. Cuando bajamos la luz, sus ojos se iluminaron como luciérnagas, porque habíamos incorporado unos leds diminutos en las lentillas. También les habíamos colocado unos leds diminutos en las caderas, que debían mostrarse como dunas acogedoras y transparentes. Al llegar al centro de la pasarela simularon un desmayo, pero como la trimaclina había hecho su trabajo, nadie se inmutó, y las demás modelos salieron a ayudarlas, con los vestidos que yo quería que todas aquellas señoras me compraran. Vestidos de piel que se rasgaron al agacharse mostrando piernas y sombras en una coreografía diseñada para que cualquiera de ellas quisiera que le pasase lo mismo en una de esas fiestas de postín para orgullosos y caritativos donantes. Una tormenta endemoniada puso fin al desfile, dejando a los espectadores cubiertos de pétalos blancos.

Después, todos se desmayaron un instante, el techo se abrió a un nuevo escenario y cuando despertaron se encontraron en una selva figurada donde desde las orquídeas de los árboles llovía el mejor vino de Francia. La resaca fue millonaria.


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