Los amantes de Teruel: un proyecto posible

A la luz de las estrellas

Hace meses, la búsqueda de información sobre aspectos concretos de la película Las zapatillas rojas me llevó a recordar a Ludmilla Tchérina, bailarina, coreógrafa, escultora y actriz en diversas películas, entre ellas la de las mencionadas zapatillas, en la que tenía el importante segundo papel femenino. Quería confirmar lo recordado y añadir lo que fuese oportuno. Lo que estaba escribiendo sobre la película estaba basado principalmente en mis recuerdos de cinéfilo infantil, de ahí la necesidad de intensificar el rigor. Era una época en la que la entrada de menores no estaba tan controlada y mi edad no era la más apropiada para entenderla.

Ludmilla Tchérina tuvo una irregular carrera en el cine, con algunos títulos interesantes, como Sign of the pagan (Atila, rey de los hunos) y Los cuentos de Hoffmann, pero como actriz se mostraba incapaz de expresar emoción con su rostro.

Sign of the pagan, que recuerdo haber visto a mediados de los 50 como espectador adolescente, es una de esas películas en las que la personalidad arrolladora del segundo actor, Jack Palance, se impone a la del protagonista, Jeff Chandler, al encontrarse con un papel que le va como anillo al dedo. Douglas Sirk, el director, había comentado previamente con Chandler la conveniencia de aceptar el papel de Atila; pero el actor se negó porque consideraba que hacer de villano dañaría su imagen. Chandler quería que el público le amara, no que le odiara. Posiblemente, tenía muy presente lo bien que estaba Robert Taylor, muy pocos años atrás, en Quo Vadis?; fuera vestido de general romano o con toga. Según Sirk, en el fondo, «a Chandler le gustaba la idea de ir por ahí con una toga y todo eso…». Sirk controló dentro de lo posible la tendencia innata a la sobreactuación de Palance, al tiempo que apaciguaba a la estrella, que conforme avanzaba el rodaje empezó a darse cuenta de que su rival se estaba convirtiendo en el verdadero protagonista.

Curiosamente, en los dos principales papeles femeninos, interpretados por Ludmilla y Rita Gam, como hija de Atila, se daba una circunstancia parecida a la del binomio Chandler-Palance, aunque en otra dimensión. Rita era una actriz joven, en ascenso, a la que la productora pretendía promocionar. En esa época, estaba casada con el entonces director de teatro y televisión, Sidney Lumet. La primera película, de Lumet, Doce hombres sin piedad, data de dos años más tarde, 1957, un telefilm en realidad o, incluso, teatro filmado, más que una película para la gran pantalla. Sin embargo, supuso el inicio de una larga carrera con varios éxitos notables, especialmente durante los años 70, como El grupo, Serpico o Network.

El posible proyecto

Me quedé perplejo al comprobar que la única versión cinematográfica de Los amantes de Teruel era una producción francesa de 1961 dirigida por Raymond Rouleau, con fotografía de Claude Renoir. Era, en realidad, un ballet filmado, con música de Mikis Theodorakis, que había compuesto su primera banda sonora para la película Luna de miel, de Michael Powell, con Ludmilla Tchérina y el bailarín Antonio.

Mi perplejidad radica en que la trama da mucho de sí. Hay varios personajes con mucho potencial, tanto en papeles principales como secundarios: la sultana Zulima, del reino moro de Valencia, que se enamora del cautivo Diego, raptado cuando regresa a Teruel, ya enriquecido después de largas y se supone emocionantes peripecias; los padres de Isabel y el pérfido pretendiente de la hija, Don Rodrigo, que guarda unas cartas comprometedoras de la madre de Isabel, lo cual da pie a introducir un nuevo personaje, su amante. Si con obras de mayor complejidad y reconocimiento como Don Quijote, La Celestina o El Decamerón o, se habían hecho diversas versiones, ¿por qué no se intentó con la pareja de Teruel? Añadir espectaculares secuencias de acción en espacios naturales o en interiores históricos, con unos decorados, vestuario y ambientación adecuada no debía suponer un problema. La experiencia de los técnicos españoles en rodajes de enorme complejidad, precisamente en la década de los 50 y 60, avalaba sobradamente la viabilidad del proyecto, fuera como una producción española, americana o en régimen de coproducción. Si se habían rodado, 55 días en Pekín, La caída del Imperio Romano, Doctor Zhivago y El Cid, ¿por qué no Los amantes de Teruel?

Comparada con las citadas, ¿se podía considerar una obra menor? Para quien crea en tales denominaciones, es posible, pero si lo considera así, no debiera olvidar que partiendo de obras mediocres o de narraciones muy cortas —dos o tres folios como mucho— guionistas competentes, a veces el mismo autor, han sido capaces de escribir un buen guion y, a partir de él, una excelente película. Por el contrario, de grandes obras literarias rara vez ha salido una gran película.

Basta retroceder hasta los comienzos del Cine Sonoro —finales de los años 20s del siglo XX— y sus tres siguientes décadas cinematográficas, para encontrar excelentes películas basadas en pequeñas narraciones, inicialmente publicadas en grandes magazines, como The Saturday Evening Post, Collier’s, Harper’s Bazaar o Cosmopolitan. Fueran westerns, comedias o melodramas y los autores de dichas narraciones nombres reconocidos o en el comienzo de sus carreras literarias. Eran las fuentes a las que acudían productores —independientes o bajo contrato en un Estudio— en busca de material apropiado para llevarlo a la gran pantalla. El descubridor del diamante cinematográfico en bruto, sin pensárselo dos veces y antes de que alguien se pudiera anticipar, adquiría los derechos para su estudio o por su cuenta, para ofrecérselo a la productora que considerase más apropiada. Empezaba un proceso creativo de futuro incierto, que en algunas ocasiones no llegaba a cuajar —se abandonaba o acababa en otras manos—, pero en otras, terminaba con éxito, llegando a las pantallas.

En este caso concreto ni siquiera se intentó en plan comedia desmadrada, por aquello del conocido dicho popular, Los amantes de Teruel: tonta ella y tonto él. Fernando Fernán Gómez hizo en 1961 La venganza de Don Mendo, aunque, en este caso, la referencia sólo lo es a título comparativo, como mero ejemplo, porque la obra de Pedro Muñoz Seca en la que se basó Fernán Gómez, era una astracanada, género creado por el propio Muñoz Seca en 1918, con un éxito extraordinario.

Los elementos adecuados para escribir un buen guion están en la obra, son reales y en manos competentes, suficientes para convertirlo en una buena película, entretenida, emocionante y espectacular en determinadas secuencias. Las peripecias de Diego de Marsilla durante seis años y los apuros de Isabel de Segura para resistir los intentos de su padre, Don Pedro, para casarla con su pretendiente, Don Rodrigo de Azagra, dan para un par de horas de entretenimiento. Los años que Diego pasa intentando hacer fortuna le llevan a participar en una de las batallas cruciales de la Reconquista: la batalla de Las Navas de Tolosa, en el año 1212 —una fecha tantas veces repetida a los estudiantes en los primeros cursos de Historia—, podría dar lugar a una de las secuencias más espectaculares de la película, sin necesidad de recurrir a reconstrucciones con ordenador, a trucajes desmesurados y a cualquiera de los despropósitos habituales en las películas actuales.

Si al final, se considera necesario que la película debe tener un happy end, en el más puro estilo hollywoodense y los protagonistas no mueren, sino que se casan y el que muere es el malo —y los personajes que haga falta— pues se hace; al fin y al cabo, ya se sabe que se trata de una versión libre… Se pone aquello de «basado en la inmortal obra del eminente dramaturgo Juan Eugenio Hartzenbusch» y, si no han prescrito los derechos de autor, se les pagan a los descendientes.

La sociedad ha cambiado y la transformación tecnológica de los últimos treinta años se ha llevado por delante muchas cosas, transformando otras de manera irreversible. Pero la inteligencia, el talento, la creatividad, la claridad de ideas y la intuición no son patrimonio de ninguna generación, aunque —la Historia nos lo recuerda—, algunas cualidades hayan florecido más en unas épocas que en otras. La actual, por desgracia, no es de las mejores para el Séptimo Arte y en el apartado concreto del cine histórico, un pozo sin fondo de patéticos pastiches, en donde mi única duda es si están pensadas para niños, para adolescentes o para adultos que son como niños porque en cierto momento de su crecimiento una parte de su cerebro dejó de desarrollarse y se quedó anclada en la adolescencia y son, así, capaces de entusiasmarse viendo a Robin Hood disparando una saeta que parece un cohete, a Helena de Troya y sus vestales con botox y silicona en cantidades industriales o a Alejandro Magno dando un triple salto mortal con tirabuzón antes del cortar el nudo gordiano.