Lo que se querría haber hecho bien… y sale como una patata

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

Será porque estamos ya muy cuarteados por imágenes bestias de la actualidad o será por lo que sea. El caso es que cada vez es más raro que te presionen unas lágrimas, pidiendo surgir con ímpetu, viendo una película. Por eso, azuzado por el editor para producir más textos, en cuanto siento algo de ese estilo, acudo raudo a la libretita que llevo siempre en el bolsillo de la camisa y tomo, en la oscuridad de la sala, unas cuantas notas.

En esta ocasión el impulso ha surgido al ver una escena de Maya, el reciente estreno de Mia Hansen-Løve. Una escena que habla de la sofisticación y enorme cosmopolitismo que se da en los personajes protagonistas, cosa que, en buen principio, en mi caso debía alejar cualquier peligro de identificación.

Gabriel, el corresponsal de guerra francés protagonista de la función, va deambulando de aquí para allá buscando centrarse un poco tras su penosa experiencia, pues sale de un secuestro en el que ha estado muy cerca de perder la vida. Regresa a una vieja casa en el sur de la India en la que veraneó durante su infancia y, estando allí, viaja para contactar con su madre, siempre alejada de él, dado que abandonó hace mucho tiempo a toda su familia para vivir su vida.

El encuentro, organizado por el hijo, es muy bien aceptado por la madre, emocionada porque haya querido saber de ella. Pasan un día juntos, comen, pasean, siempre hablando con sinceridad. Se abrazan para despedirse, ella alcanza su coche, se introduce en él y se prepara para regresar a su mundo, a su vida actual. Sin embargo, no aguanta la tensión y prorrumpe en llanto.

¿Por qué estuve yo también tentado de llorar en ese momento, si las circunstancias me son del todo ajenas? No es sólo por el efecto simpatía, ese que nos hace bostezar cuando presenciamos el bostezo de otra persona. A mi modo de ver las razones profundas habría que buscarlas en que ese lloro desconsolado de la madre es un lloro de rabia, de impotencia, de constatación de un fracaso, por todo lo que se querría haber hecho bien… y sale como una patata. Y en eso sí que hay agarraderas de sobras para sentirse identificado. Ella ha acudido la mar de contenta, esperando emocionada un momento feliz, al reencuentro con su hijo; pero poco a poco va viendo que todo se va torciendo, que hay una fría y pesada losa que los presiona por ahí arriba y es muy difícil de levantar, porque casi nadie es capaz al cabo de un tiempo de deshacer lo hecho, de remontar los fracasos, de enderezar las situaciones creadas.

No es cuestión de reproches. El hijo no reprocha nada a su madre. Las cosas (y ahora no hablo de la cita, sino de toda la vida transcurrida) salen como salen, y eso nada ni nadie lo puede, en general, cambiar. Es más: aunque cunda un sentimiento de querer volver atrás y hacer todo de otra manera, me da que, si eso fuera posible, veríamos que todo volvería a reproducirse, o iría por otro lado que tampoco sería satisfactorio. Suena a pesimismo incordiante, propio de uno que no es precisamente la alegría de la huerta, pero así lo veo.

No en vano somos humanos. Humanos que debiéramos saber —y ahí llega la lección moral para preservar— que ante todo hay que aprovechar la vida, disfrutándola, a poder ser sin hacer por ello daño alguno. Y eso obliga a cierta dosis de resignación y un mínimo caso a monsergas como esta que he soltado, claro.


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