Llovieron relojes

Crónicas mínimas

 

Creyendo que llegaba el fin de sus días, quiso volver al lugar donde pasó su niñez y había sido tan feliz. Estaba seguro de que «la infancia es la verdadera patria del hombre». En eso era un fiel seguidor de Rainer Maria Rilke.

Se trajo con él todos los recuerdos que pudo, y en su pueblo alquiló una casa con jardín, como tantas veces había soñado.

Al día siguiente comprobó con estupor que no conocía a nadie. No había calles, ni plazas, ni niños jugando. Pensó ir al Ayuntamiento para que le informaran, pero anduvo varias horas y no pudo encontrarlo. La alameda donde tantas veces había ido con su madre de niño, tampoco supo dónde estaba. No había geranios, ni balcones, ni árboles verdeando, ni pájaros volviendo al atardecer. No había campiñas, ni altozanos, ni confines más allá de las montañas.

Esa misma noche llovieron relojes. Debían de ser relojes antiguos, porque sus piezas hacían ruido cuando llegaban al suelo. Sonaban los muelles, los barriletes, los ejes, las cajas, las manecillas… Algunos debían ser despertadores, porque sus campanillas al caer redoblaron su tintineo, lo que le hizo abrir los ojos.

Entonces vio a Gisela que le traía un café y La Vanguardia. En su primera página pudo leer: «El dinosaurio continúa en Alemania».


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