Lámpara de oscuridad

La vida fácil


No podíamos creernos que se hubiera inventado semejante artefacto. Y menos aún que funcionara. Porque funciona. Nuestro primer contacto con esta lámpara fue durante una extraña velada en casa de unos amigos: los anfitriones y dos parejas más. Tras la cena, la dueña se empeñó en mostrarnos sus dotes adivinatorias. Para lo cual necesitaba nuestra aprobación para eliminar todo atisbo de luz en el salón. No bastó con apagar los interruptores… Es más, su pareja nos mostró con alarde una lámpara de pie que permanecía apagada y que, a una palmada de su señora, se encendió. Hecho lo cual, nos quedamos en la más absoluta oscuridad. Desconozco si podrá verse un agujero negro, pero aquella sala se había convertido en el centro de la galaxia. No entraremos en lo que vino después, para vergüenza de todos los allí presentes, pero mencionemos que por aquella época no se sabía muy bien cómo devolver la luz.

Desde entonces, la lámpara de oscuridad ha experimentado un notable desarrollo y cualquiera, con mínimos conocimientos, sabría apagarla para recuperar la luz perdida mientras estuvo encendida. No olvidaré el día que perdí mi maravilloso fular de Hermès y lo que me costó dar con la palmada justa.

Con los años también se han ido descubriendo múltiples aplicaciones. No solo para crear ambientes (o aniquilarlos) en edificios, sino también para mejorar (o agravar) estados de ánimo, para distender (o ahondar) conflictos entre personas… No obstante, el uso más extendido, y del que habrán oído hablar, es el relacionado con la cosmética. Para ser francos, el resultado aún deja algo que desear, pues el sujeto debe ir con la versión de microleds amarrada a la parte pilosa más próxima al barrillo que quiere ocultar. Pero, como sugerimos, el desarrollo nos da esperanzas para un futuro halagüeño. Y así, los creadores estiman que en menos de una década cualquier persona podrá llevar incrustadas tantas lámparas de oscuridad como desee hasta casi desaparecer.


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