La verdadera patria

Crónicas mínimas

 

Leo en la prensa local de Andújar que los olivareros están preocupados porque las altas temperaturas de más de 40º estos días de primeros de mayo, están quemando la flor del olivo en pleno auge: ¡aborto ovárico!, nada menos, se llama.

Cuando no es el calor extremo y a destiempo, es la sequía, o son las heladas y cuando no, el exceso de lluvias. Siempre tienen estas gentes un motivo de inquietud en algo tan poco agradecido como es la agricultura y, además, si es agricultura de monocultivo. 

Se calcula que sólo en la provincia de Jaén hay 66 millones de árboles repartidos en variedades como picual, hojiblanca, picudo, lechín, verdial y arberquina, entre otras, que configuran un paisaje difícil de olvidar. 

Recuerdo un poema que pensaba incluir en un libro titulado Paisaje del trigo pero que duerme en algún rincón y tal vez acabe en la papelera como su mejor destino, en el que expresaba mi inquietud por el futuro del olivar. En él decía que, al ver los olivos trepando por los cerros, pienso en los soldados que van a una guerra derrotados de antemano. Según dicen, en China han plantado millones de ellos y cuando den su fruto difícilmente se podrá competir desde Jaen en los estantes de los supermercados.

Pero este calor prematuro, excesivo e inclemente, que mata a la delicada flor de olivo, a veces da una tregua y concede algunas noches en las que da gusto salir a la terraza y aspirar la brisa. Entonces huele a sierra, a campiña, huele a orujo. La verdadera patria.


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