La tierra y su olor

Crónicas mínimas

 

Esta tarde, en una cafetería, estaba repasando mi último poemario y de pronto han caído cuatro gotas; he levantado la vista y he reparado en la sencilla geometría de una ventana y, en el alféizar, una maceta espectacular de flores rojas que manos amorosas han hecho florecer.

—Begoña, ¿qué tipo de flores son?

—Son begonias, Felipe.

He sonreído y ella me ha guiñado un ojo; entonces he recordado el refrán que dice: «De la mujer que no ama las flores, no te enamores».

Pero Begoña sí que ama las flores.

Inesperadamente, me ha llegado ese enigmático olor que emana del útero de la tierra cuando llueve. Sin querer he pensando en los amigos que marcharon prematuramente: Josep Lluís, Roser, Enrique, Domingo, Montserrat… También en mi madre, que murió con 99 años. Ahora, atemperado el dolor, pienso que es una cifra bonita

La tierra y su olor. Las begonias, la lluvia, Begoña, tantos ausentes me están indicando dónde está el camino.


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