La pierna rota

¡Hale, hale, que es gerundio!

 

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que 2020 se ha colocado en la pole de los peores años de mi vida. Ha sido, lo diré sin tapujos, lo que viene siendo un año de mierda. Como a la mayoría de la gente, durante meses me tocó teletrabajar. Si bien es cierto que no tengo hijos, he tenido a mi madre supervisando mi trabajo a diario. Y no, no siento lástima por los que estuvieron rodeados de niños durante aquel largo encierro. Siento envidia.

—Bueno, a ver qué tenemos que hacer hoy, que nos organicemos porque con lo desastre que tú eres…¡Y te me vistes y te me afeitas, a ver si te parece que yo merezco menos respeto que tu jefe, o que te voy a estar trayendo un café a la salita! Pues nos ha jodido con tanta tontería. ¡Y dame el móvil para que no te distraigas, que ya nos conocemos! Anda hijo, haz el favor…

Sé que no es habitual tener cincuenta años y seguir viviendo con tu madre. Imagino que por eso nadie contempló nuestra situación, la de los abandonados a su suerte, la de los que jamás remontaríamos esos meses de encierro, la de los que teletrabajábamos en una mesa camilla con tapete de ganchillo, paredes de gotelé y música de Manolo Escobar de fondo. Fuimos los grandes perdedores…otra vez.

Hoy hace exactamente tres meses, dos días y cinco horas que me rompí la pierna. Fue en mi primera compra presencial, tras semanas haciéndola online, cuando con el ansia de salir de casa y los nervios propios de la liberación de un rehén, me caí largo en el pasillo de las verduras tras pisar una hoja de lechuga, dejando tras de mí un rastro en el suelo, como un frenazo verde, marcando la dirección de mi caída.

Mientras me precipitaba, en ese momento en que desde fuera se te ve caer como un saco de patatas, pero que tú vives a cámara lenta, me dio tiempo a tramar un plan de acción: tratar de mantener a salvo los productos que había ido metiendo en la cesta. Para ello, mientras mi cuerpo se aproximaba al suelo de una forma imparable y con final impredecible, elevé el brazo con la cesta por encima de mi cabeza.

Una vez todo mi ser se encontraba largo en el suelo como un dibujo de tiza que enmarca el lugar donde antes hubo un cadáver, mi brazo no aguantó más esa extraña posición y se giró súbitamente volcando todo el contenido de mi compra. Fue como ver venir una tormenta de granizo y no poder correr a ponerme a refugio: tomates, cebollas, huevos y latas de atún cayeron sin piedad sobre mi cabeza.

Con la pierna escayolada y la cara hinchada, de nuevo en casa, recuerdo con resignación cómo aquel absurdo accidente me devolvió de nuevo a la casilla de salida: el teletrabajo.