La optometrista y el cubano

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La segunda visita del día es la de un señor de mi edad y altura, moreno, con cabello castaño y ojos grises como el mar de invierno. Me dice que necesita seguramente más dioptrías. Le miro los dos ojos con el retinoscopio para ver el estado de refracción y detectar irregularidades en el globo ocular, le hago la prueba de la visión con el foróptero y le aumento un poquito las dioptrías. Antes de salir por la puerta me propone tomar un café a las once en el restaurante café de la Pedrera, que está al lado de mi consultorio. Miro sus ojos mar de invierno, le sonrío y le contesto “de acuerdo” porque me ha caído simpático.

Al final de la cuarta visita le digo a mi asistenta que voy a la Pedrera y que vuelvo en seguida. Nos encontramos a la hora convenida y me explica que en la visita había quedado fascinado al ver mis elegantes ojos negros, mi pelo de azabache y mis manos de artista con el retinoscopio, como las de una pintora con sus pinceles de colores. Me río de sus piropos, pero de verdad.

También me dice que es de Cuba y yo le contesto que soy de Perú.

Entre sorbito y sorbito de café me habla de arte y de museos y me hace una propuesta interesante: vernos el domingo a las diez para visitar la exposición de Melanie Smith en el MACBA, la más amplia exposición realizada en Europa de la artista visual residente en México.

¡A mí, me encantan los domingos culturales!

A las diez en punto lo encuentro en la puerta del museo y entramos. Desde su viaje a México es admirador de Melanie Smith y quería que conociera la exposición Farsa y artificio, que muestra una amalgama de la obra de la artista.

Avanzamos en silencio por las salas y observamos los temas de la exposición: Abstracción, Urbano, Color, Cuerpo, Arqueología, Naturaleza y Escala. Todos estos motivos aparentemente simples y a la vez complejos tienen un aire intenso y me producen sensaciones excitantes de caos, conflicto, ironía, de pasado y modernidad, de futuro, y me digo a mí misma: Smith crea unas obras que hasta hace poco no habrían sido consideradas artísticas.

El color naranja, los planos y las fotografías de la Ciudad de México, el mosaico en el estadio azteca con el cuadrado rojo en el centro de la cancha, las diapositivas, los siete videos performáticos, el film del pequeño pueblo María Elena del desierto de Atacama y muchas más imágenes y escenas me hacen sentir como si habitara ahora en el otro continente, como si mi mapa mental se hubiera desplazado a México.

En la sala 2, Color, llena de diapositivas, me sorprende  ver a una chica anglosajona rubia bailando con un cubano negro que simboliza el extrañamiento de la autora británica ante el ritmo latino. Ante ese baile real el isleño me propone ir a bailar esta noche y le contesto que no es mala idea si es con música latina o caribeña.

Luego me cuenta que el título de la exposición, Farsa y artificio, es de una de las obras de Smith y pretende reflejar el colapso de la modernidad y juega con dos mundos o realidades, la farsa o parodia con el artificio o engaño, para aplicarlos a la sociedad contemporánea, contrastes  que se denominan en Latinoamérica “modernidad barroca”, que es un concepto – añade— que utilizó el filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría en su libro La modernidad de lo barroco para explicar la identidad histórica y paradójica latinoamericana.

Mientras me habla del colapso de este mundo y de lo barroco de Echeverría me pregunto si lo que nos une este domingo a los dos es pura farsa o puro artificio; si somos dos mundos solitarios de otro continente que se han  encontrado gracias a unas manos en un retinoscopio o si podrían entenderse los pinceles de colores con los forópteros.

El cubano me comenta finalmente que la obra de Smith es como un manuscrito en el que se ha raspado y se ha borrado el texto primitivo para reescribir un texto nuevo y que, por las distintas capas que contiene, la misma pintora la ha definido como un “palimpsesto gigante”. Le escucho con atención y antes de salir del museo pienso en algunas cosas: si yo soy optometrista y de Lima, él debe ser crítico de arte o artista de la Habana; si en la visita me ha caído simpático y en la Pedrera me ha hablado con humor, en el museo me ha parecido cautivador.

Ahora falta saber cómo baila al ritmo latino bajo las estrellas de la noche de esta ciudad glocalizada, donde lo global limita con lo local y viceversa, donde todos cantamos y bailamos juntos y las distancias geográficas no tienen importancia, donde se encuentran y se construyen nuevas relaciones hasta que el tiempo o la muerte las separe.


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