La nueva ley de educación

La termita y la palabra


Explicó la ministra de Educación que el Sistema Educativo español es bueno, aunque (ojito a la adjetivación) «enciclopédico»; vamos, un calco matemático del sueño de Diderot.

Razona que hay que actualizarlo, tender a lo «competencial», lucir buena linterna, aunque no emita luz.

Me pregunto dónde hallará «la competencia» un traumatólogo que desconozca el nombre, función, localización y dinámica de los huesos; dónde la encontrará un algebrista que ignore el legado de Fontana Tartaglia, Bombelli, Leibniz, Descartes o Euler; dónde el ebanista que no sepa captar dónde empieza el aire y dónde la madera.

Llevamos décadas dando bandazos desde «sé muy poco» al «no sé nada»; de la hipotonía curricular a la hipertonía metodológica, solo nos faltaba ahora la coartada pandémica: su nocturnidad.

Claro que existe una minoría de alumnos transcendentes, cultos, estudiosos, esforzados, memorables, solsticios de alegría, pero son gramos de oro en las bateas del Chattahoochee, pecios bajo el agua del tiempo que se va.

Lo gracioso del tema es que sufrimos una estafa colectiva y nadie dice nada. Cosa curiosa.

¿Cuánto tardaría en protestar el comprador de un ordenador portátil si recibiese (pongamos a través de Amazon) un patito de goma?

En materia educativa llevamos años pidiendo, soñando, exigiendo, formación elevada y recibiendo a cambio saberes de filfa, humo y nada dentro de grandes ataúdes envueltos en feo celofán.

Porque eso son las reformas educativas en España: ataúdes diseñados por el gobierno de turno para borrar la huella del gobierno anterior en la playa pestilente de la fatuidad.

Esa que somete al profesorado a la depuradora de las normativas bobas y le daña las alas impidiéndole trabajar. Porque trabajar, trabaja.

Se desgaja como un pétalo en el mar. El Mar Competencial.

Como el MacDonalds que asesinó a la Librería Catalonia en mi pequeña aldea mediterránea. Eso es Barcelona ahora, habiendo sido una alta ciudad. Ignoro qué diantres aportará esta nueva reforma educativa y no sabría cuajar qué aportaron las precedentes. Flaubert decía que el autor debía estar (en su obra) como Dios en el Universo: presente en todas sus partes, pero visible en ninguna. Los gobernantes, salta a la legua, no son Flaubert. Están presentes en todas las pizarras (qué exacta evocación del Universo) y siempre se les ve.


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