La muerte y sus labores

El sapo omnisciente

 

I

La vida de un sapo de charca se resume muy pronto: después de un proceso delicado en el que se pasa de renacuajo a ser adulto, se disfrutan unos años saludables de anfibio, despreciado y mal visto, y tras una cortísima vejez se muere, si es que antes no te mata un granizo o te atropella un coche. Así que los sapos no perdemos mucho tiempo pensando en la muerte, ni mucho menos celebrándola con supina estupidez, quitándole lo poco que le queda de inquietante, como hacen ustedes los humanos; siempre entretenidos en banalizar cualquier cosa. 

II

Para que no parezca que no me he estudiado el tema en profundidad, quisiera abundar en la idea de que la muerte suele tardar más en llegar si se reflexiona con detenimiento en ella: es posible, entonces, que asomen a la memoria momentos y personas cruciales de la vida de ustedes, ya sea en relación a la historia total de la humanidad, o bien solo a la privada de cada uno. Cuando eso sucede, lo normal sería que aflorase un sentimiento de gravedad sobre lo efímero de vuestras vidas. Tengo comprobado que, lejos de haceros cargo de la trascendencia del caso, optáis por tomaros otro refresco. 

III

De esta deshonrosa manera, tras larguísimos años llenos de posibilidades, expectativas y multitud de parabienes que dilapidáis con ruindad y mal gusto, la muerte, que es una señora muy trabajadora con un horario implacable, os recoge sin pena ni gloria, y es entonces cuando, como eco de lo que ya no podrá ser jamás nunca posible, vuestros deudos consideran, suman, restan y dividen el total de lo que les dejáis como herencia, y si no dejáis nada, os critican sin piedad u os alaban sin el más mínimo reparo. Sinceramente, no sé qué es peor.


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