La mercería

La termita y la palabra


En la calle Lisboa de Barcelona, encajada entre una óptica de aspecto posmoderno, un asador de pollos, una joyería, un restaurante chino, un bar lacrimógeno, una farmacia nívea y un tatuador, saca la cabeza, como una ninfa inocente por los intersticios de una montonera de rugby, una modesta tienda de lanas, hilos y zurcidos, que es la dignidad cristalizada en flor.

Sus propietarias, una madre anciana y dos hermanas sexagenarias que no parecen tenerle miedo a la embestida de la edad, regentan el local (un pequeño oasis de aspecto diminuto, embriagador, honrado), humildes tras el mostrador: otra ucronía vertebrada (allí) a imagen y semejanza del más lindo pasado.

Lujo imperial.

Ayer fui con mi madre a comprar un metro de cinta blanca, otro de cinta roja y entraron en el ínterin dos bellas abuelas. Una compró una goma para «apañar» el bajo de una enagua; la otra dos botones, insistió de nácar, para una chaqueta de lana que le hacía a la bisnieta.

De inmediato envidié a esa adolescente por ser la propietaria de esa prenda aún nonata, mineral y eterna. Y también a la dueña de la enagua, derviche en la Belleza.

Escribir se asemeja a elaborar abrigos con lana anacrónica y botones de nácar, a adquirir vida y más vida en «botigueros» ucrónicos, pequeños y resistentes como copos de nieve debajo de una huella borrada. Una huella.

Escribir se parece a vender lanas e hilos y remiendos y bordados y agujas y alfileres en una tienducha de veinte metros cuadrados saturada de cajas todas armónicas, tranvías del siglo veinte anclados en la nostalgia. El óxido de la cerveza

Y en la calle, el mundo, acelerado, rutilante, limpio: el inocuo, aséptico escaparate continuo de la frialdad, la prisa, la soledad… La nada.

Un dolor de cabeza. Pétalos de la migraña.


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