La mascarilla

¡Hale, hale, que es gerundio!

 

A pesar de mis cincuenta y tantos, mi madre se empeña en seguir comprándome la ropa. Como mi sentido de la estética no está demasiado desarrollado, no le doy demasiada importancia al hecho de no poder elegir lo que me voy a poner cada día. El problema es que tampoco es su fuerte y con la manía de llevarme conjuntado a veces voy a juego con el tapiz del sillón de la sala, con los cojines, los tapetes o las cortinas. Todo en armonía.

Su gusto hacia mi ropa no está definido. Siente un debate interno que le hace alternar sus compras entre la misma tienda en la que se la compraba a mi padre o innovar y querer convertirme en un “joven” casadero. Cuando le da por estas últimas prendas me siento como si terminara de hacer la ruta del bacalao. A veces incluso llevo el pantalón de la primera época y la camiseta de la segunda…

Lo último fue una mascarilla a juego con un par de camisas, todo ello en una tienda de las modernas con las que de vez en cuando experimenta.

—Es de las que se lavan, así contaminas menos. Además ahora se llevan así, que me he estado fijando en los jóvenes y llevan todos de estas, los que llevan, claro, porque ¡menuda juventud!

—Pero no lleva filtro, habrá que comprarlo aparte. Además no veo cómo demonios se pone esto, yo creo que está mal hecha.

—¡Tú sí que estás mal hecho! Pues mira, ahora mismo te doy la dirección de la tienda y te vas a que te expliquen cómo se pone y de paso compras un filtro. Anda, haz favor… 

Dicho y hecho. Allí me planté, en una tienda a la que de motu propio no habría entrado jamás: ropa de colores eléctricos, plateados, dorados, tejidos crujientes, tules, estampados de leopardo, zapatos con plataformas enormes y música disco a todo volumen. Tras un rato perplejo en la puerta sin animarme a cruzar el umbral, una amable dependienta se me acercó.

—¿Le puedo ayudar?

—Espero que sí, verá: quería que me enseñara a ponerme esto —dije sacando la mascarilla de la bolsa.

—Perdone…no entiendo lo que me está pidiendo…

—Sí, es que mire —dije poniéndome la mascarilla en la cara como había hecho en casa— ¿Lo ve? Queda extrañísima…¡Ah! Y de paso, le agradecería que me vendiera también un filtro, por favor.

—Verá señor —dijo conteniéndose la risa— es que aquí no vendemos filtros… ni mascarillas. Lo que usted lleva en la cabeza es un tanga.