La Llorona y el cantante callejero

La llorona


—Iba yo bajando por la «cuesta de los mimos» —me dice Mariposa de las Tumbas—, junto a la catedral. La llamo así porque en ella se sitúan artistas callejeros, vendedores de bisutería hippie revenida, pedigüeños lisiados y sobre todo mimos, algunos muy curiosos y bonitos. Siempre los he amado porque me fascinan las vicisitudes artísticas de lo orgánico y lo inorgánico, los autómatas que se mueven y los vivos que parecen estatuas, tú lo sabes bien, amiga.

»Iba, pues, bordeando la tapia del templo y me detuve ante una chica que decoraba tablitas con la efigie de diversos autorretratos de Frida Kahlo con una primitiva técnica de pegatina estampada en frío. Compré la del monito de los ojos como aceitunas negras y, al recibirlo primorosamente envuelto por la artesana, creí oír a mis espaldas una guitarra con los sones de la Llorona y con ellos una voz masculina que estaba apagándose como acabando una copla. Al volverme vi a un señor mayor pero no viejo que, sentado en los escalones de mármol de la Casa Vestuario, remataba la copla que dice “Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío”. Enredada en conversación alegre con la joven vendedora de las Fridas, no lo había oído y ahora sentí el terror de que la canción terminara. Me acerqué a él y le pedí por favor que la cantara otra vez, y eché unas monedas en la caja de su instrumento. Me dio las gracias sin sonreír y se puso a ello inmediatamente. Hacía un frío que pelaba y me quedé congelada escuchándolo, pero aguanté a pie firme hasta que decidió que ya me había complacido con tres de los centenares de coplas veracruzanas. Un caballero se había acercado también a escuchar, seguramente porque mi hierática atención llamó la suya y quiso saber qué me interesaba tanto, pero no tardó en desistir, sin dejar un solo euro en la caja de las voluntades. 

»La voz masculina del cantante me produjo lo de siempre, es decir, no me inspiró nada. Oí con agrado pero sin emoción la voz insípida que no creía en la Llorona ni veía en ella otra cosa que una canción más de repertorio. Además, el buen hombre no se sabía la letra y cambiaba palabras mexicanas por castellanas cuando se atascaba. Así, “A un Santo Cristo de fierro…” lo cambió por “A un Santo Cristo de piedra”; y lo peor: “Llorona, tu eres mi xunca” quedó en un incomprensible “Llorona, tu eres mi yunta…”. La sintaxis de “Quieres que te quiera, quiera, Llorona, quieres que te quiera más. Si yo la vida te he dado, Llorona, qué más quieres, quieres más?” quedó convertida en un galimatías. 

—¿Y no le dijiste nada? Podías haberle ayudado…

—¿Ayudado? No me meto yo en esos jardines ni por casualidad. Allá cada cual con lo suyo, lo cierto es que su Llorona no era la mía y me dejó un sabor desabrido y rasposo su mediocridad, como lamer ceniza. Como contrapartida, una amiga mexicana me señaló por Facebook una versión de Chavela Vargas vieja y descreída, con fondo de rumor de agua, que se saltaba los versos como quería, deconstruyendo a su aire. Su voz de ron me provocó una crisis de escalofríos tal que tuve que cambiar rápidamente a la Llorona de Rosalía, gangosa pero caliente.