La libertad es un sueño inalcanzable

Las horribles historias de Sileno


El domingo pasado me metí en la piscina. Quiero decir que aproveché que era domingo para ir a la piscina del Ayuntamiento y darme un baño para ahorrarme la ducha de casa porque, al precio que va la luz, ducharse en casa es un despilfarro. Suerte que cuento con un carnet de jubilado que, por diez euros mensuales, me permite asistir a las clases de aquagym dos veces por semana y, si quiero, meterme en la piscina grande a las horas del mediodía, que es cuando menos gente hay. Es una deferencia de nuestros políticos progresistas que quieren mantener la instalación activa en los meses de menos afluencia, que son todos los meses del año en nuestro barrio. Total, que martes y viernes, de diez a once, la piscina se llena de jubilados, emigrantes, amas de casa ociosas y señores gordos con artritis que, a las órdenes de unos monitores desganados, hacemos sentadillas y saltamos al ritmo de una música machacona para hacer salud. Últimamente asisten también unas jovencísimas sirenas ucranianas con sus niños de ocho años invitadas por el Ayuntamiento, que las ha acogido en nuestro barrio y les ha regalado un carnet de piscina. Cuando hablan entre sí no las entendemos, pero sus risas y aparente felicidad nos ayudan a sobrellevar la actividad acuática a la que estamos sometidos.

Ya sé que los domingos la piscina cierra a las dos del mediodía. Hay un cartel que lo dice y sé leer. Aun así, tuve que soportar la impertinencia de la conserje, una chica nueva que seguramente no me conoce y que me recordó con gesto abrupto que a las dos menos veinte debía salir del agua. «¡La piscina cierra a las dos! Dispone usted de diez minutos para cambiarse», me ha dicho apenas sin mirarme. «Además —ha aclarado—, ¡hoy no hay aquagym!». Sin duda, aquella bruja dedujo que un tipo madurito como yo pertencía a la clase de los ociosos que acuden los martes y viernes a dar saltitos en la piscina pequeña, junto a las amas de casa artrósicas y las sirenas ucranianas. Me tragué el malestar y cerré el pico. Era un poco tarde y no quería perder la ocasión de ducharme a la salud del contribuyente.

En la piscina no había casi nadie. Se notaba que era domingo y a última hora. El vigilante de la piscina ni siquiera ocupaba su sempiterna sillita de plástico donde, aburrido, consulta la interné y acumula grasa. Por lo visto, estaba deseoso de largarse de allí y ya había substituido el chándal habitual por ropa de calle. Sólo le faltaba quitarse las crocs y calzarse los zapatos.

Mientras me hacía unos largos elaboré mi plan: a mí nadie me toca los cojones, ni me impide hacer lo que en cada caso me apetece. Y ese domingo me apetecía nadar. Así que completé tres series de crowl y dos de espalda y, a la una y cuarenta y cinco, hora preceptiva, salí de la piscina y me dirigí a los vestuarios. No había nadie. 

No me costó nada ocultarme en el cuartito del material, donde se guardan los churros de colores para las clases de aquagym. Esperé allí un buen rato y, cuando noté que la actividad de los chicos de la limpieza había concluido, salí de mi encierro y me dispuse a disfrutar de la piscina a mis anchas. ¡Estaba solo en las instalaciones! ¡La piscina olímpica, los trampolines, la piscina pequeña y todos los flotadores a mi disposición! 

Empecé por nadar utilizando cualquier carril de la piscina, sin tomar precauciones porque estaba solo. Buceé. Me tiré del trampolín tantas veces como quise. De cabeza. Haciendo la bomba. Chillando. Luego me relajé en la piscina pequeña, donde el agua está más calentita, con un par de flotadores en la espalda y el cuello, dejándome llevar por una corriente imaginaria, como un muerto en el Sena. Cuando me harté del baño me fui a las duchas y me remojé hasta que el agua empezó a salir fría. Quizá los responsables de mantenimiento desenchufan el termo de los vestuarios al marchar.

Me vestí con parsimonia, me perfumé y decidí colarme en la cafetería para ver si encontraba algo de comer. Eran casi las cuatro de la tarde y estaba hambriento. Me zampé un par de sándwiches de jamón y queso, una bolsa de patatas fritas y un bote de aceitunas, regado con un par de cervezas, mientras miraba la televisión. Lo que no supe hacer fue poner en marcha la máquina del café, aunque encontré algunas chocolatinas que me sirvieron de postre. Tengo la costumbre de acabar las comidas con algo dulce y una copa de coñac. Y eso hice. Al rato me entró la modorra y decidí echarme a dormir en las colchonetas del gimnasio.

A las cinco y media de la tarde me despertó la policía municipal, alertada por vete a saber quién, que me obligó a recoger mis cosas y me puso de patitas en la calle. Seguramente debe haber alguna cámara conectada con la policía vigilando el interior del polideportivo y me pescaron por ahí. En fin, como resultado me he quedado sin carnet y no podré entrar en la piscina, ni gozar del aquagym ni de las sirenas ucranianas hasta nueva orden. Mañana tengo una cita en la delegación de deportes de mi barrio donde me esperan nuevas amenazas. ¡Lo que hay que aguantar en una sociedad como esta, donde la libertad individual es un sueño inalcanzable!