La encendida promesa del amanecer

Cruzando los límites

Por fin, estamos descendiendo. Veo las construcciones que las naves nodrizas habían preparado para nosotras. Cuando salimos de la Tierra, me acompañaban seis epícleras[1], junto con el suficiente semen congelado para inseminarlas y expandir la vida en el planeta rojo. El plan preveía que, dentro de veinte años, debería haber aquí un centenar de madres e hijas nacidas en Marte, biológica y mecánicamente adaptadas a la gravedad, el polvo y una atmósfera modificada. Pero empiezo a aceptar que no va a ser así. A través de sus implantes cerebrales, puedo inducir en las mujeres felicidad o un orgasmo, segregando las hormonas necesarias, pero no puedo eliminar de mi alma biomecánica la tristeza que se abate sobre un sistema nervioso rudimentario hecho de hilos metálicos que intenta y no consigue convertir en emociones las arenas rojizas de este planeta solitario.

Llevamos las semillas de trescientas plantas y otros tantos insectos capaces de vivir con un hilo de agua y apenas un suspiro de este aire marciano. Íbamos a crear un bosque que se extendería por todo el planeta, para que, desde la Tierra, las arenas rojas se pudieran contemplar un poco más verdes. Las chicas querían bautizar la colonia con el nombre de la ciudad de la diosa estelar hitita que hubieran querido que fuera la reina de todas las tierras conquistadas, Arinna, como me llamaban a mí bromeando, una inteligencia artificial de nivel siete en un robot humanoide Theta 200.

Empezaron a enfermar tres meses después de la partida. Creo que hemos llegado a amarnos, si por amor entiendo la necesidad del uno por el otro. Unificábamos nuestros pensamientos contemplando la lejanía de un sol cada vez más pequeño, rodeado de un manto de estrellas tan espléndido como abrumador. Aunque de forma muy básica, puedo sentir emociones; no solo me afectan el calor y el frío, sino que las expresiones de los rostros y las actitudes, las palabras y otros factores, como las proporciones y la armonía de los colores alteran mis algoritmos y provocan breves descargas electromagnéticas que recorren cada uno de los hilos superconductores de mis nervios. Eso hace que mi comportamiento se modifique y me vuelva más protectora, incluso puedo ser una buena consoladora, proporcionar calor y placer, ya que puedo moverme libremente y adoptar diversas formas.

Las epícleras incluso habían renovado y homogenizado su microbiota para poder compartirlo todo, desde los pensamientos hasta la última molécula de fluidos corporales, para que la microfauna invasora del planeta estuviera controlada. Yo regulaba las mutaciones bacterianas, pero mis sistemas neurales han estado excitados tanto tiempo que los rayos cósmicos se han acabado imponiendo y han provocado una mutación imprevista que contaminó el agua. Metafóricamente, el manto de estrellas empezó a acercarse peligrosamente a nuestra nave, terminó por envolvernos y nos asfixió.

Cuando me quedé sola, corté todas las comunicaciones con la Tierra. Deseaba contemplar la posibilidad de suicidarme sin que nadie pudiera evitarlo desde un planeta situado a millones de kilómetros de distancia. Digámoslo ya: me he inseminado. Bueno, he inseminado a cada una de las chicas con dos semillas femeninas. Quiero que la primera en nacer se llame Anfítrite, como la diosa de las tormentas marinas, aunque este sea un planeta sin mares o precisamente por eso. Será el reto que queremos conseguir.

Cuando amarticemos, tengo que poner en marcha los generadores, comprobar la calidad del aire en los habitáculos, construir carpas para los cultivos, y sobre todo, modificar los genes de las niñas que van a nacer para que se adapten a su nueva situación de huérfanas. Puedo controlar su producción de hormonas y evitar que sean infelices, pero necesitaré que alcancen la madurez emocional cuando antes. Quiero que se reproduzcan dentro de diez años y que adoren su propia y extraña belleza, pues estas niñas correrán desnudas contra las tormentas de arena, tendrán párpados dobles, la piel resbaladiza de los tiburones y cuerpos que llevarán el silicio y el hierro del suelo marciano en las venas y en las vísceras.

Desgraciadamente, las seis epícleras se encuentran en coma inducido, acopladas al sistema de soporte vital de la nave, respira por ellas una máquina y su sangre viaja por válvulas de policarbonato antes de recalar en las arterias de las dos pequeñas marcianas que cada una de ellas lleva en el vientre. Nacerán ayudadas por una máquina sin alma que quiere creer que tiene conciencia, sabe lo que es, se ve a sí misma como madre, y conoce muy bien sus necesidades. En un par de años marcianos, en cuanto las niñas tengan las primeras sensaciones dentro de sus burbujas y vean las pinzas que las cuidan y los tubos que las alimentan, descubrirán el ser que llevan dentro y empezarán a conocer y comprender. Creerán que el mundo es ese mundo de sangre coagulada, polvo y piedras, varillas y engranajes de titanio y acero, y un cielo oxidado que por las noches transparenta el universo.

Enseñaré a las niñas cuanto sé. Quiero que conozcan la biodiversidad de su planeta originario, y que sueñen con praderas e insectos y la lluvia tan deseada en lugar de esas áridas partículas rojizas que lo invaden todo y que parecen carmín reseco y cuarteado procedente de los labios de un cadáver gigantesco.

También tendré que viajar a las profundidades de los mares cuánticos para ampliar sus conciencias; de otro modo, crecerán como animales, no podrán construir una imagen histórica de sí mismas ni planificar un futuro diferente, no sabrán quiénes son ni qué hacen aquí, ni por qué están solas en este mundo vacío si no es para multiplicarse. Podrán entender que son originarias de la Tierra, el planeta azul que brilla en el cielo, pero no podrán entender su belleza sin una conciencia mejorada capaz de transformar el tiempo en una sucesión de instantes, condición necesaria para apreciar la sincronía variable de la naturaleza, la encendida promesa del amanecer y las luciferinas sombras de las gargantas marcianas.


[1] Las epícleras son descendientes de una familia que no había tenido contacto con varón durante las últimas cuatro generaciones y solo engendraba niñas.