La compañía, a través del cristal

¡Hale, hale, que es gerundio!

 

En cuanto todo vuelva a la normalidad me escaparé a Barcelona. Este año, por primera vez en mi vida, tenía una cita con la que he estado soñando desde que soy pequeña. Sant Jordi me esperaba y quién sabe si este hecho volverá a repetirse. El sueño estaba tan cerca que casi podía tocarlo y, sin embargo, que me haya dado plantón no es lo que realmente me pone triste.

Porque cuando voy a Barcelona, también aprovecho para ver a algunas personas que me calientan el alma durante esos días en los que yo disfruto de su ciudad. Con algunas como paellas y con otras tapas. Con algunas bebo vino y con otras Estrellas. Compartimos mucho más que tiempo, compartimos vida. Y eso es lo que verdaderamente me entristece, que no hay ciudades que disfrutar ni vidas que compartir.

Escucho a mucha gente decir que en estos días de encierro necesita matar el tiempo. ¿Por qué? El tiempo, al morir, se lleva parte de nosotros. Yo no quiero matar el mío, no me gusta perderlo, ni siquiera pasarlo. Al contrario. El tiempo, siempre tan escaso, trato de no pasarlo sino de sentirlo, de no perderlo sino de encontrarlo y lejos de matarlo necesito llenarlo de vida. 

Me envían unas imágenes preciosas de un cervatillo correteando por una playa de Bizkaia. Nuestro encierro está dando libertad a los animales y tregua al clima. Pero yo hoy no pienso en eso. Miro ausente esas imágenes porque mi mente ha roto la cuarentena y se ha desplazado cientos de kilómetros hasta llegar al hospital de Barcelona en el que está alojado mi amigo y donde le abrazo y digo: “Ven, vámonos a tomar una cerveza y a reír a bocajarro”.

La cuarentena ha vaciado las calles, los bares, los comercios, las fábricas, las playas y los montes. Ha cambiado nuestra manera de movernos por la vida y de relacionarnos. Ha impuesto la distancia de un metro entre las personas y el uso de guantes para tocar el mundo y de mascarillas para respirarlo. Además, nos ha pedido que no nos abracemos ni besemos. 

Quizá debemos dejar de exteriorizar nuestros sentimientos, pero no podemos dejar de tenerlos. No conviene perder todas las costumbres, quién sabe cuántas ya no volverán nunca. Así que antes de ser olvido quiero llenar mi tiempo de vivencias recordadas o inventadas para poder contar una historia, sobre él, sobre mí, sobre ese día en el Nuba de Barcelona, o sobre tantos otros en otros tantos lugares que compartimos o que imaginé que podríamos haber compartido.