La chaqueta

¡Hale, hale, que es gerundio!

 

Mi madre y yo vamos cada sábado al mercadillo. A ella le gusta ir y le gusta también que yo la acompañe. Que a mí no me guste es sólo un daño colateral. Solemos pasearlo cogidos del bracete, y yo trato de abstraerme e imaginar que voy con mi amor platónico paseando por un zoco en nuestro viaje de novios. Si pones empeño, por un momento hasta desaparece el olor a encurtido que riega todo el ambiente.

Me sacó del ensimismamiento su tirón de brazo al descubrir entusiasmada un tablón sobre unos caballetes que albergaba en forma de montaña cientos de zapatos apelotonados. Agarró uno con una mano y dejó mi brazo libre para, con la otra, poder escarbar hasta encontrar su pareja. Desde el sitio y con cierta curiosidad, yo me dediqué a observar el extraño comportamiento humano  que se da en este lugar.

De entre todos los puestos: encurtidos, burros llenos de camisas de hombre extra grandes, blusones estampados, chaquetas peludas o tablones con calzado, me llama especialmente la atención el de ropa interior, porque en ellos las mujeres, para elegir una braga, meten las manos en los agujeros por los que deberían salir las piernas y separan los brazos lateralmente para ver hasta donde ceden.

Mis ojos seguían recorriendo uno a uno cada puesto, hasta que se detuvieron en un señor que me llamó la atención por lo arreglado que iba, daba la sensación de pasar por allí de forma casual, de tener prisa y sin embargo al fijarse que en el puesto de chaquetas peludas había algo bajo uno de los burros no se lo pensó dos veces y se detuvo para recogerlo mientras le decía al dueño: “Se le ha caído una chaqueta”.

A la vez que pronunciaba la frase levantaba la chaqueta del suelo pero, para su sorpresa no era una chaqueta. Se trataba de un perrillo que dormía enroscado a la sombra de las chaquetas y que casi muere infartado al ser despertado bruscamente por un desconocido que lo elevaba por los aires agarrándole de cualquier manera. El ladrido junto con un amago de mordisco fue tan agudo como rápida la reacción del señor.

Del susto lanzó al perro por los aires y salió de allí como alma que lleva el diablo. El dueño del puesto miró la situación sin entender nada. Apenas había procesado la frase de “se le ha caído una chaqueta” cuando esta se mezcló con el ladrido de un perro, el grito del señor, el perro volando y el señor acelerando su paso para huir de la escena desapareciendo entre la multitud.

Después de unos segundos catatónico, miró al frente y me encontró a mí, con las manos metidas en los huecos de las piernas de un calzoncillo viendo hasta donde cedía, porque del ataque de risa por presenciar esa escena tuve que comprarme unos de urgencia.