La casa de Ruperto Encina

Firmas invitadas

 

Nos toca visitar la casa de Ruperto Encina, el conocido picapedrero. Está situada en un barrio sucio y maloliente con pequeñas y tortuosas callejas sin pavimentar. Llegamos por ellas a la casita, mientras los moscones zumban en nuestro derredor y ancianas vestidas de negro nos miran, quietas a las puertas de sus casas. La casa de Ruperto está construida con viejas maderas de embalaje y se cierra con un cerrojo oxidado de Pedro Matías, herrero que fue, fallecido en 1908. El pequeño zaguán, pavimentado con tierra apisonada con pisón de auténtica carrasca, nos recibe nuestro anfitrión pobremente ataviado: viste chaqueta de pana raída abrochada delante con tres botones (notamos la falta de uno de ellos), chaleco descolgado, cruzado por la cadena de latón del gran reloj Roskoff, herencia de su abuelo Nicanor; faja negra con petaca dentro, pantalones de lo mismo y abarcas de cubiertas Michelín, la derecha, y Pirelli (Cinturato), la izquierda, que no hacen juego entre sí. Son obra vulgar de Fabián, el abarquero que calzó a generaciones enteras de este pueblo.

Tras los saludos de rigor, nos acompaña en la visita a su vivienda. A los lados de la chimenea, sendos vasares aparecen llenos de loza desportillada, entre la que destacaremos un porrón corriente de La Garriga y un salero de plástico “Ta-tay” con la sal pegada a la tapa. La mesa central es de camilla, con sayas de retal, y las sillas fabricadas con auténtica formica de serie. Notamos dos sillones tapizados en “skay”, un brasero de hierro con badila de bronce y un centro de mesa de ganchillo: “Lo ha hecho mi tía Celestina, hermana de mi abuela Heliodora”. “¿Que en paz descanse?”, preguntamos, “Sí”, confirma.

El dormitorio presenta ventanuco a la calleja, con postigo y sin cristales, cerrada con fallebas de fundición cuyos encajes han sido reparados con hojalata de leche condensada “El Niño” por el mismo dueño de la casa. Visillos de percal y maceta de barro de Ballén no llegan a valorar la pequeña ventana. Un cuadro del Sagrado Corazón en actitud de tocárselo preside la cama de hierro, barnizada con desconchones en los barrotes. La mesilla de noche padece una cojera de fábrica que impide poner agua encima. Aquí un detalle descorazonador lo pone una silla de auténtica anea, cuyas carcomas son de “pedigree” de las que royeron durante muchos años los muebles de las mejores casas ducales.

No tenemos por menos de examinar el cuartucho de aseo. La taza turca es de Roca verdadera de 1912, mientras que el pozo ciego se debe al tío Eulalio, albañil-soldador que trabajó entre 1902 y finales del 1945. Hay un gancho de alambre, también obra de nuestro anfitrión, en el que están ensartados rectángulos de papel de periódico recortados con cierto primor. Terminamos nuestra visita y Ruperto nos obsequia con un trago de gaseosa a morro y una galleta. Luego sale a despedirnos a la puerta, fumamos un “Celta” y volvemos a cruzar las calles del barrio. ¡Hasta la próxima visita, queridos lectores!

 

Este reportaje se publicó en el número 4 de la revista Hermano Lobo (3 de junio de 1972). Pertenece a la exquisita serie La Casa de los Costrosos.


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