La cabaña del melonero Anselmo

Firmas invitadas

 

Salimos a las afueras. El cielo cubierto muestra un esplendor modesto cuando cruzamos el arroyo sucio que lame los cimientos de las últimas casas del pueblo. El agua escasa, aceitosa, baña dos latas vacías y abolladas de lubricante CS, y varios envases, distribuidos con descuido, de aceite de girasol, una correa de ventilador y trapos. Trepamos por un ribazo de tierra arenosa, zarzales graciosamente enredados nos arañan al pasar, y cruzamos un campo de maíz recién regado. Barro típico de huerta nos decora los zapatos, con una orla irregular hasta la mitad del empeine, componiendo un gracioso motivo popular inesperado. Un salto encantador sobre una rústica acequia, el pie nos resbala sobre una piedra enjabonada donde suelen lavar las huertanas, según nos dicen luego, y nos vemos entre lozanas junqueras. Nos incorporamos sonriendo: todo es delicioso y sorprendente. Caminamos un poco más y allí está la cabaña del melonero que se ha construido él mismo, según un diseño propio, aunque inspirado en cánones clásicos; dos palos de pino cruzados con primor forman el arco de entrada; sobre el cruce encaja el palo central, más largo, de retoño de encina (Quercus llex) que desde su inserción trasera en la tierra describe un gracioso trazo hasta apoyarse en los palos delanteros. Ramas de retama del país forman la techumbre y se entrelazan en una labor burda del más puro estilo melonar.

Nuestro anfitrión de hoy, el melonero Anselmo, viste pantalones de dril con los bolsillos desgajados, camisa de rayas sin cuello y blusón azul de ancho vuelo con dos lámparas de pringue a la altura de la sisa derecha. Se cubre con boina negra capada y calza esparteñas de suela alquitranada con refuerzos de laña de hierro en los bordes. La estructura, de cordel de esparto, permite la debida aireación del pie y la aparición del dedo derecho del melonero que, con su uña rota, pone una nota patética en el hombre. Remiendos de tela de servilleta desvaloran el conjunto de su atavío y le prestan cierta desgracia.

Inclinamos la cabeza y pasamos a la choza. Él se queda fuera y nos señala algo con el dedo.

– Este candil me lo ha hecho mi cuñado Ambrosio con una lata de sardinas “Miau”… Me hace muy buen servicio.

Dentro, el espacio está ocupado por un taburete de madera de olivo adosado a la parte izquierda, una cazuela con restos de pipirrana y migas y, colgando del techo, una talega de tela de cuadros que hace juego con el remiendo de la rodillera derecha de Anselmo, poniendo una nota de refinamiento. Dentro de la talega, navaja cachicuerna y cuchara de peltre se complementan con un jarrillo de aluminio que Anselmo se trajo del ejército. Una cayada de enebro con porra terminal ocupa el espacio libre en el lado derecho. En la primera parte de su fuste, un bajorrelieve tosco dice: “A. Gonz”; es un simple trabajo a navaja sin mayor mérito artístico.

Salimos otra vez fuera. “¿Catamos un melón?”. Nos excusamos. Un perro como setter aparece entre las matas y viene a olernos los pies. Anselmo le da una patada. “¿Es como setter?”. “¿Cómo qué? No, es un perro, un perro”.

Nos despedimos de Anselmo, que ha sido un perfecto anfitrión. En última instancia, advertimos que del bolsillo derecho de su blusa asoma un libro; nos esforzamos por leer: “Calendario Zaragozano. Don Mariano del Castillo y Ocsiero”. Bajamos unos ribazos y volvemos a mirar la choza de Anselmo. Nos viene a la memoria lo que nos ha cantado unos momentos antes acompañándose con una botella de anís y el rabo de una cuchara: un delicioso canto popular.

Una mujer preñada

en lo alto de un cerro

parece la cabaña

de un melonero.

 

Este reportaje se publicó en el número 5 de la revista Hermano Lobo (10 de junio de 1972). Pertenece a la exquisita y brevísima serie La Casa de los Costrosos.


Comparte este artículo


Más artículos de Flora de los Monteros

Ver todos los artículos de