La asimétrica prole del ser

El sapo omnisciente

 

I

Algunos organismos primarios de los que se crían en esta charca, por ejemplo platelmintos y amebas, o, para que me entiendan mejor, animales invertebrados acelomados protóstomos triblásticos, me miran, cuando me sumerjo, muy asustados. Su perplejidad se debe, con toda seguridad, a mi aspecto antropomorfo. Cuando entro en el agua de un salto, la zambullida, de por sí sorpresiva para ellos, estiro las patas traseras por completo hacia atrás, y las delanteras hacia adelante. En ese instante del chapotazo y la inmersión, ellos, que están siempre subsumidos en una especie de agusanada mediocridad, se asombran.

 

II

Lo mismo me sucede a mí cuando salgo de nuevo al borde de la charca y veo pasar la caravana intermitente y percusiva del ser. Con especial interés la del ser humano, que no parece tampoco que pueda simplificarse en cinco razas, con arreglo a una ortopédica tipificación basada en el color de la piel o la forma del óvalo ocular, sino que, de manera similar a los organismos primarios, se va diversificando hasta alcanzar la cifra universal de: una persona, un mundo.

 

III

¿Qué tontería, no es cierto? De la nada desdeñable cifra de veinte mil especies distintas de acelomados protóstomos triblásticos, todos ellos, por cierto, seres que no dan un ruido, y contribuyen en silencio a la consumación del ser con humildad y paciencia, pasaríamos de golpe a la mareante cifra de siete mil trescientos millones de personas, o sea de mundos, seres humanos, o como les quieran ustedes llamar. Con toda sinceridad les digo que a mí, esta proliferación entrópica del ser humano, con la consiguiente acumulación de mierda que conlleva, no me parece nada bien.


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