Juan, o uno mismo

Retales

 

Vive en Madrid, ahora en Lavapiés. Enamorado de esta ciudad a la que llegó sobre los dieciocho. Natural de la provincia de Zamora, hijo de los valles  de Benavente en plena Tierra de Campos donde casas y pueblos, y torres de la iglesia, solo se distinguen del suelo raso por esa escala de marrones que a veces nos ofrece la paleta. Construcciones de ese marrón entre arena y chocolate claro, clarísimo, que suelta un tono que se te mete dentro. Tierra de románico inigualable que mancha con sus iglesuelas el campo por doquier.

¿A santo de qué cambia uno la casa familiar de planta baja, piso y tenada por un piso de alquiler en Madrid en el Barrio del Pilar de los 70?

¿Por qué se marchó del su pueblo natal?, vaya usted a saber. ¿Quería mejorar su vida, la curiosidad por el conocer, huía de los ancestros cerrados, se sentía incomprendido? 

Juan viste al uso de la época: pantalón vaquero, botas camperas, cinto en el vaquero y camisa de blanca o de color prudente. No le gustan los cuadros, ni las rayas. Parco en gastar sin sentido en vestimenta, pero bien vestido y arreglado, de aspecto impecable.

Pasea por Madrid luciendo una figura musculosa, fuerte, viril. Ese porte suyo es natural, no se esfuerza en aparentar nada, tiene cuerpo de labrador fornido, y una fuerza desmesurada.

De tez morena, que recuerda la piel de la raza gitana, sus ojos, negro azabache, salvajes, expresivos, brillantes, reflejan avidez en un rostro de niño que ya creció. Esta contradicción, entre niñez y virilidad, le da un aspecto hosco y dulce. Es guapo y, realmente, llama la atención. Recuerda a Sal Mineo, el actor norteamericano.

Trabaja en telefónica cómo técnico desde que llegó; se gana bien la vida. Combina trabajo y estudios, bachillerato primero y universidad luego, consecuencia de ese afán de saber que parece que le persiga.

Su casa está siempre ordenada, impoluta. En la escalera, peldaños de madera que sueltan ese aroma a recién fregado cuando la asistenta les da cepillo y bayeta en mano. Madera noble de las de antes.

Juan es un lector empedernido; al corriente de todo. Literatura, música, espectáculo, amante del cómic. El Víbora y Nazario. En su casa no faltan las obras de sus amigos artistas, fotógrafos, escultores,… En verdad es un irreverente y eso le aleja de lo correcto, de lo políticamente correcto.  Juan es un luchador; perteneciente a la CGT se lía en todas las huelgas laborales de telefónica. Y, claro, más de una vez ha estado detenido. Protege a sus compañeros de lucha hasta tal extremo que  ha llegado a ocultar en su casa a los que están perseguidos.

Podría parecer que es un urbanita, en cambio le cautiva la España rural de la que un día huyó; esa de paredes encaladas que nos trae  Miguel Hernández. Defiende, respeta y participa en la lucha por mejorar su país. Esa izquierda de los 70 y 80 que —dice Juan— “cambiará la historia”. 

Pero lo que distingue a Juan de otras gentes es su generosidad para con sus amigos.

En su casa cabe todo el mundo. Se codea con Almodóvar y con Carlos Saura sin darle importancia alguna. Ama muchísimo a su compañero, con el que no vive. Son pareja pero cada uno en su casa.

Juan no deja nada aparcado por lo que se refiere a los suyos, a sus amigos. Tanto es así que estando él enfermo y convaleciente de un apaño médico cuida de su pareja en el hospital de una intervención severa que allí lo retiene.

La vida le discurre distinta; se le escapan los minutos, las horas ya no tienen  sesenta y la pulcritud se desvanece entre el recorrido en autobús hasta el hospital y el regreso. 

Nada es fácil con tan poco tiempo. Y no le pena ver los vasos y las copas sin fregar. Sabe que Félix no va a venir estos días porque guardará la convalecencia, por tanto ya se hará. Ojos que no ven corazón que no siente.

Hoy le han dado el alta a Félix. Lo lleva a su casa.

Antes de regresar a su piso se da una vuelta y decide tomar un café en “La Carpa”. Y café en mano le sorprende la muerte, sale del establecimiento, cae redondo en el asfalto. Demasiado para un corazón cansado. Y su última transgresión… ¿Factura cruel a los 58?

Todo está resuelto; los suyos leen las instrucciones.

El dolor es inmenso.  El crujir de la llave en la cerradura muestra las paredes del piso que son las mismas, pero la estancia no. No, no, no es esa. Un ejército de botellas inmaculadas, vacías, descansa en el pasillo hacia la derecha en línea con la pared, colocadas a posta en un orden perfecto, como si quisieran ocultar su origen, su transgresión… ¿Cuántas habrá? Hay muchas. ¿Treinta, veinte, más…? ¿Qué hacen aquí?

En los armarios bajos de la cocina hay más todavía; todas vacías.

Él se bebió la vida; no la vida a él.

Corre octubre del 2007.

 


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