John Cassavetes, cineasta y marido

Casa de citas

 

Me gusta el cine de John Cassavetes (1929-1989), pero me gusta todavía más su mujer, la actriz Gena Rowlands. Lo que quiero decir es que me gusta que su mujer salga en sus películas. Sobre todo, cuando Gena Rowlands protagoniza el film o casi, como en Una mujer bajo influencia (1967), Faces (1968), Opening Night (1977) y, sobre todo, Gloria (1980), una de sus interpretaciones más rotundas. En palabras del crítico Ángel Fernández Santos, “en Gloria se da el mágico cruce de un personaje y una actriz en el asfalto de Manhattan”. Cierto, un mágico cruce, pero construido sobre una mujer de carne y hueso, fuerte y libérrima. Así nos imaginamos a Gena Rowlands en la vida real: valiente y decidida, con un pitillo entre los labios y un vaso de whisky a medio apurar.

He visto otras películas de Cassavetes: aquel inicio de cine improvisado, de aires jazzísticos, que fue Shadows (1959) y que apenas contó con distribución en Norteamérica hasta ganar el premio de la crítica en Venecia; o aquel intento de trabajar para los grandes estudios (Stanley Kramer Productions), con Burt Lancaster y Judy Garland protagonizando Ángeles sin paraíso (A Child is Waiting, 1963), película que aborda el tema de los niños “especiales” y las instituciones en que son recluidos; o aquel Asesinato de un corredor de apuestas chino (1976), con Ben Gazzara y una colección de señoritas de alterne que trabajan en tugurios psicodélicos, lugares en los que no aparece, ni por asomo, Gena Rowlands.

De hecho, soporto el cine de Cassavetes gracias a la presencia de su mujer. A veces resulta insufrible tanto abuso de primerísimos planos, tanta escena insustancial alargada sin piedad, tanto diálogo de besugos, y esas secuencias montadas a trompicones que parecen hechas adrede. Un ejemplo palmario es su película Husbands (1970), que promete ser una comedia sobre la muerte, la vida y la libertad, y se queda en digresión sobre tres cuarentones descerebrados que no saben ocupar su vida si no es con alcohol, gamberrismo y mujeres. Ben Gazzara, Peter Falk y el propio Cassavetes ejercen de majaderos en esta película. Me imagino a sus mujeres, leyendo filosofía en casa, esperando a que lleguen sus maridos para enviarlos a la mierda.

Cassavetes se casó con Gena Rowlands en 1954, tras un primer matrimonio fracasado con una jovencita griega, quince años más joven. Como señala su biógrafo, Ray Carney[1], él y Gena Rowlands eran dos personas de origen social muy diferente (ella procedía de familia adinerada: su padre era banquero y legislador; su madre, una afamada pintora de Arkansas); se conocieron en los ambientes teatrales de Nueva York; ambos eran tipos conflictivos y de valía; colaboraron en sus respectivos proyectos artísticos durante años y parte de sus vidas quedó reflejada en los filmes del director. ¿Qué parte de Cassavetes no aparece en sus películas? ¿Qué detalle de los personajes de Gena Rowlands no se ajusta a la realidad?

Cuando yo nací, John Cassavetes llevaba años haciendo de las suyas en Nueva York,  estudiando arte dramático, interpretando papeles en teatro, cine y televisión, tonteando con jovencitas griegas y, lo que es más importante, casándose con la mujer de mis sueños, nacida en 1930. A comienzos de los años setenta, Gena Rowlands me doblaba la edad; en los ochenta se convirtió en mi heroína. Hoy, inmortalizada en los DVD’s, puedo conseguir que tenga la edad que me apetezca. A veces, busco en ella a la madre poderosa que protege; a veces, me dejo llevar por su maduro erotismo; a veces, me gana su inestabilidad interior, su locura. Y siempre acabo deseando haberla conocido, compartir con ella un rato de charla, cigarrillos y alcohol, hacerla mi cómplice.

Sé que Cassavetes fue un pionero del cine independiente americano. Sacaba dinero de debajo de las piedras; escribía el guión, producía y dirigía sus obras; filmaba a destajo y sin florituras. Con frecuencia actuaba en sus propias películas. Sé también que, como actor, encarnó personajes de perfil duro y cínico (estoy pensando en la serie Johnny Staccato, el detective del jazz (1959), que protagonizó para televisión y en la que interpretaba a un pianista de club nocturno que, además, es detective). Le he visto en The Killers (Don Siegel, 1964), en Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967) y en La semilla del diablo (Polanski, 1968), y siempre me ha parecido un actor que se mueve con espontaneidad, ajeno a los estereotipos. En sus papeles combinaba simpatía y maldad, atractivo y degeneración moral. Y creo que en la vida real fue un tipo así: fumador y bebedor compulsivo que reía y amaba con fiereza, vivía de manera extravagante y amaba a sus amigos. Sin embargo, nunca me gustó tanto como cuando actuaba junto a su esposa, por ejemplo en Opening Night o en esa penúltima creación que fue Corrientes de amor (Love Streams, 1984), donde interpreta a un escritor calavera que tiene que convivir con su hermana durante unos días. En esta película, Gena Rowlands vuelve a ser una mujer inestable que se equivoca a cada paso. ¿Qué parte de Gena Rowlands no está presente en la película?

Visto lo visto, ¿quién no hubiera querido ser John Cassavetes, cámara al hombro, filmando sin inhibiciones, viviendo al límite y muriendo de cirrosis antes de cumplir los sesenta? ¿Y quién no hubiera querido ser —sobre todo— el compañero de Gena Rowlands, esa mujer impetuosa, tierna e indescifrable, que sabe amenazar y pelear, torcer el gesto, beber y disparar, sin abandonar nunca su lado más humano?

Hay un chiste mala-sombra que no me resisto a transcribir. Un sujeto le dice a otro: “Me gustan todas las mujeres, menos la mía”. Y el amigo, quizá con un exceso de crueldad, asiente: “A mí me pasa lo mismo: me gustan todas las mujeres, menos la tuya”.

Pues bien, a mí me gustan todas las mujeres que se parecen a Gena Rowlands. Y eso es así porque ella tiene la cara redonda de mi madre; el pelo cardado de las rubias envalentonadas de los sesenta; la elegancia de quien no tiene necesidad de disfrazarse; la espontaneidad de quien vive al margen de convencionalismos; la sinceridad de quien no se necesita sino a sí misma; la capacidad de fumar los cigarrillos más largos del mercado, encender los mecheros con más llama, acarrear las maletas con más peso y ser la mujer más generosa y expansiva. Gena Rowlands tuvo tres hijos con Cassavetes, uno de los cuales también se dedicó al cine, aunque sin la convicción y eficacia de su padre.

Gena Rowlands interpretó el último de sus grandes papeles de la mano de Woody Allen: Another Woman (1988). En este film, quizá el más bergmaniano del cineasta de Nueva York, encarna a una madura y distante profesora de filosofía que reexamina su vida y acaba por aceptar que el éxito profesional la ha perjudicado sentimentalmente: la filósofa nunca supo conectar con su marido, sus amantes y amigos. Another Woman es una película triste y en ella Gena Rowlands viste ropa discreta y levemente masculina, lleva el pelo recogido y calza zapatos de escaso tacón. Todo en ella suena a melancolía y abandono. Pero, aun así, también me gusta.

Cuando filmó esta película, John Cassavetes estaba gravemente enfermo y Gena Rowlands frisaba los 60. Era, ciertamente, otra mujer.


[1] Ray Carney: Cassavetes por Cassavetes (Anagrama, 2004).


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