Jeremías Balcells, historiador local

Vidas ejemplares

 

Hombre de talante impulsivo y a la vez tímido, quizás bipolar, Jeremías nació con el siglo XX, hijo de un comerciante de ultramarinos y de una costurera, hermano mayor de cuatro. Fue un niño dubitativo y ensimismado. Siempre se sintió atraído por los lugares curiosos de su pueblo, Sant Ferriol d’Entremont, en el prelitoral: una esquina torcida, una callejuela que se estrecha, una veleta mal orientada. Las pequeñas rarezas le llevaban a soñar antiguas leyendas y misterios, y luego a especular, a plantear hipótesis, a menudo mágicas. Años más tarde comprendió que las respuestas a sus inquietudes estaban en el estudio concienzudo de la historia. Terminó el bachillerato e intentó matricularse en la universidad. Sin embargo, un giro de la vida se lo impidió. La muerte repentina de su padre le obligó a coger las riendas del negocio familiar y allí se truncaron sus anhelos académicos, aunque no cejó en sus conjeturas.

Cuando aceptó que el destino de su vida era el de tendero, descubrió a los autodidactas, es decir, el concepto. Desarrolló una gran afición por investigar en los caseríos abandonados de los alrededores de Sant Ferriol y se hizo con viejos enseres de labranza, aperos, utensilios de cocina y casi todo lo que era capaz de transportar hasta su casa, que empezó a transformarse en un museo de la vida rural. Fue por entonces, también, cuando empezó un catálogo de sus hallazgos, que documentaba profusamente pero en secreto, en unas fichas de cartulina, temeroso de ser denunciado por los propietarios o los envidiosos. Investigó también los topónimos y los motes de las familias del pueblo. De ahí salió, pocos años más tarde, su primera publicación: Semiótica de los cognomentos, motes y apodos de las familias oriundas de San Ferriol. Autoeditó el librito, que vendió en la tienda al lado de las verduras, y que le granjeó la reprimenda del párroco por divulgar un asunto oscuro en la familia del capellán, ya que a una tía abuela la llamaban la Colipoterra, mote que delataba el origen gallego (y por tanto forastero) de su familia materna.

Por este tiempo se truncó su primer y único noviazgo con Lídia Pi, fastidiada por la cantidad de trastos viejos, herrumbrosos y malolientes que se agolpaban en la casa del historiador y amenazaban con el desastre. Balcells le pidió mil veces al Ayuntamiento que le pagase las ediciones de sus estudios. Argumentó que las publicaciones de historia local atraerían al turismo, pero siempre fue desoído por un poder local insensible a la cultura. Los desplantes del consistorio le llevaron a publicar un libelo en el que acusaba a la familia del alcalde de pertenecer a la masonería y de tener orígenes extranjeros: De fuera vinieron, firmado por El Juglar Ferriolense, un pseudónimo que no engañó a nadie. En el mismo texto acusó al secretario municipal de perversión sexual y al maestro del pueblo de satanismo. La clientela de la tienda menguó tras la publicación del libelo.

Entrado en la edad provecta, Balcells se encerró en su casa, descuidó el negocio por completo (lo cedió a un sobrino con pocas luces que lo quebró en pocos meses y se puso a menudear con marihuana en la trastienda) y dedicó todos sus empeños en demostrar el origen ferriolense de San Francisco de Asís. Tardó ocho en años en completar dos volúmenes de más de ochocientas páginas cada uno: Francisco de Asís, ferriolense de Dios. La obra incluía poesías del santo, mapas, documentos notariales, correspondencia con reyes y papas en donde se evidenciaba la veracidad de su tesis, textos inéditos, grabados y garabatos, larguísimas disquisiciones e interminables notas a pie de página y una inacabable bibliografía, amén de una apostilla de más de trescientas páginas en donde pretendía demostrar que Sant Ferriol era el pueblo escogido por Dios y él su portavoz. En esa misma obra cumbre confesó haber destruido una colección de ochenta y tres baldosas del siglo XVII encontrada en un caserío abandonado (el Mas de Los Tuertos) para ser el poseedor de una única baldosa, cuyo precio pretendía incalculable.

La obra magna de Balcells no obtuvo ningún reconocimiento salvo el del heredero del Mas de Los Tuertos, que le demandó por expolio, profanación y allanamiento de morada (esto último fue desestimado por el juez). Le condenaron a pagar una multa que le dejó en la ruina y le llevó a pasar sus últimos años en un albergue de la beneficencia, en la capital comarcal, en donde se dedicó a componer alabanzas a la virgen y a pintar exvotos. Durante esta etapa postrera, Balcells no concedía ninguna importancia a su obra anterior.

Cuando murió, sus cuidadores encontraron una carta sin terminar dirigida a Lídia Pi, en donde le contaba que había emigrado a Venezuela y vivía en Maracaibo, entre lujos indecibles, rodeado por mujeres extraordinarias y poseedor de una enorme explotación petrolífera. En su carta póstuma no se mencionaba la historia, ni el santo fundador de la orden franciscana, ni Sant Ferriol d’Entremont.


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