Humedal lacrimógeno

El sapo omnisciente

 

I

Hoy toca croar contra el aluvión intempestivo de la nueva sentimentalidad posmoderna. No sé si habrán comprendido aún cómo es posible que todos los estamentos sociales, bien entendido que el concepto de moral judeocristiana ha cimentado durante siglos una cultura culpabilizadora y lacrimógena, han dado en lamentarse a lágrima viva, desde un futbolista hasta un rey, pasando por masas enteras enfervorecidas que claman por una justicia soñada, una justicia basada en la libérrima consunción de todos los deberes en aras de una infinita compasión por los derechos individuales, siendo así que nos desayunamos todos los días encharcados en humedales de lágrimas convenientemente seleccionadas por los medios de comunicación para favorecer el más abyecto de los planes: la convicción colectiva de que el ser humano, lejos de ser ese peligroso animal incapaz de reconocer a su prójimo como un igual, es un ángel menesteroso con las alas podridas que busca desesperadamente la redención.

 

II

Desde este púlpito privilegiado, siendo yo un sapo normal y corriente que observa la realidad con mundano desapego no exento de un sentido trascendente de la vida, les digo, con la solemnidad que me otorga mi superlativa papada, que el ser humano, es decir, ustedes en general, son una tribu mentirosa y nociva, especialmente cualificada para la destrucción y la belleza, y que, dios mediante, se verá más pronto que tarde cómo aquellos de entre todos que clamen con más fuerza por sus derechos, son los más incapaces de construir una mínima base de sentido común apoyada en la concordia y el diálogo.

 

III

Por último, es mi obligación advertirles de que están ustedes imbuidos de una hipocresía galopante, empoderada e inútil, y que todos esos ideales con los que se llenan la boca no son sino baba del diablo, impotencia preterida, ambivalencia destructiva, falsa conmiseración, abstrusa confusión de medios y fines, marabunta de conceptos que copulan en asquerosa orgía impenitente, torpe pataleta de vociferantes naderías, y en suma; agonía que, pudiendo ser sublime, se estanca en humedal lacrimógeno, se vicia de bacterias, y acaba resultando tan solo victimismo. El que avisa no es traidor.


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